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sábado, 29 de octubre de 2011

ALZHEIMER II


A poco de venirse con nosotros seguía oliendo mal, sabía donde había estado por el olor que dejaba, su obsesión por la Sanidad iba en aumento, iba a la farmacia, al médico, al banco... y el olor la acompañaba. Una extraña mezcla de humanidad y perfumes. Empezamos a preocuparnos. Y solo yo podía decírselo. Lo hice. Empezamos a ducharla, lavarle la ropa, controlar su medicación. Intenté que siguiese con sus rutinas, sus flores, su huerto... Pero se lesionaba constantemente.
Un día estaba pintando un desconchado en la pared, al terminar dejé la cubeta de pintura con agua. Allí quedó, soy un desastre con mi desorden. A los dos días apartó la cubeta de cinc de una patada, se produjo un corte en la pierna. No me dijo como había sido, al ver la cubeta mediada de agua y desplazada medio metro me imaginé como había sido el feo corte de su tibia. Urgencias.
Buscamos una persona que mantuviese su cuarto limpio, controlase su ropa y su aseo. Era una ecuatoriana, rica venida a menos, mi madre la trataba como un perro. La ecuatoriana la acompañaba a pasear, de paso hacía su compra, vigilaba que no se cayese al ducharse y le ponía unos cuadernos para colorear, creo que era una buena mujer. Ya llevaba varios días la ecuatoriana viniendo por las mañanas, cuando oí que le decía:
-Buenos días, Soledad. Es hora de levantarse.
Entre y pregunté:
-¿Y eso de Soledad?
Contestó mi madre:
-¡Me llamo Generosa Soledad!
-En todos tus papeles pone Generosa, y siempre has sido un poco tacaña..., - Dije riendo-. Pero nadie te llamó Soledad, que yo recuerde.
Días más tarde escuché como le decía a la señora ecuatoriana que su marido- mi padre- era un señor muy importante. Le expliqué como lo veía yo, para que mi madre bajase la vanidad y la señora que la atendía supiese quienes somos. Aún no había leído que una de las primeras manifestaciones del Alzheimer es la fabulación, la pérdida de memoria y la desorientación puntual.
Siempre fuimos una familia pobre, hasta que a base de no gastar nada, hacer una economía de supervivencia trabajando el campo y de las propinas que mi padre recibía como Portero de Ministerios se hicieron con un patrimonio modesto. Las cosas les fueron mejor cuando a mi padre le reconocieron la condición de sargento mutilado de guerra, en la reserva, con antigüedad de 1938. Pero eso yo ya no lo viví, estaba navegando y ya estaba casado en primeras nupcias Empecé a entrar en sus vidas, cuando la edad y las enfermedades eran evidentes. Nunca pidieron ayuda de ningún tipo. Cuando venimos a su casa no estaban muy contentos. Acostumbrados a vivir solos, les parecíamos una invasión. A pesar de que hacía años que íbamos y veníamos, cuando enfermaban, cuando tenían una avería, .... Se acostumbraron e incluso un día mi padre me dijo que no esperaba tanto trabajo y sacrificio .
Los únicos viejos con los que había convivido eran mis amigos de los barcos de vela, El Capitán Herminio Viana, del "Celina" y May y Fred Bessant, del "Risor", eran un poco más jóvenes y no tenían problemas mentales. La convivencia con los de tu sangre te hace verte a ti mismo, como en un retrato. Aprendes quien eres tú, de donde vienes, te explicas tus propios delirios. Tratas de buscar razones y por ques a lo que solo tiene una explicación neurológica. Hoy, ya viejo - ya cumplí los sesenta- trato de vivir y atender. Gracias a mi Santa y a un Centro de día, tal vez lo consiga.
(continuará)

martes, 25 de octubre de 2011

Alzheimer I.


He tardado en decidirme a escribir esto. Aunque no he sido nunca muy apegado a a la familia, ni soy un tipo especialmente amoroso, mi madre siempre tuvo devoción por mi, tal vez porque soy su único hijo, y tal vez porque esta devoción no impide la especial que siempre tuvo por si misma. Escribir esta historia se hace doloroso. Desde hace unos diez años las vecinas y las amigas me avisaban de que tenía demencia, que caía en lugares públicos como la frutería, la iglesia o la calle, que contaba historias que en nada se parecían a la realidad. No hice caso de lo que me parecían cotilleos. Pero empecé a fijarme, comida escondida en su casa, fruta podrida, venenos contra los insectos y raticidas al lado de la harina, dinero escondido en lugares inverosímiles, aseo personal deficiente, compras de productos repetidas y excesivas... Yo no era yo, un cafre reconocido, era según su versión un ilustre matemático. Trataré de escupir esto como si no me afectase.
El dolor de descubrir los secretos de los armarios: Cientos de sobres con medias "de cristal" nuevas, usadas, enrolladas, rotas, enteras. Los sobres de las medias ocupan una esquina del armario con un metro de altura. Ratones en la cocina, momificados sobre una madera con pegamento. Cientos de cajas de medicamentos. Se levantaba la pobre y a mi pregunta de si iba a pasear respondía que iba a mirarse la tensión que la tenía por los suelos. Se iba a atención primaria y pedía cita, en la cola se encontraba con una comadre, se relataban sus males.
- Pues a mi D. Gumersindo me dio unas pastillas que me van muy bien.
-Mira, pues dame el cartón del envase para que me las recete a mi...
-¡Toma!
Mi madre, bien provista de cartoncitos de sus propios medicamentos introducía el de la comadre de la silla de al lado en el paquete. La enfermera, auxiliar o lo que fuese pasaba: ¡Recetas para D. Gumersindo!. Yo, yo, yo. Volvía a casa con una bolsa de medicamentos, los ponía en una estantería donde convivían pacíficamente con ZZ para las hormigas, tubos de pegamento raticida, cebos raticidas en sobre, y unos cuantos cientos de los mismos medicamentos que devotamente tomaba cada comida. La decisión de traerla a nuestra casa fue instantánea al ver que tomaba una pastilla para subir la tensión y otra para bajarla. Y alguna que otra contraindicación menor, como no lavarse, pintarse y largarse un chorro de perfume en la cabeza que dejó de lavarse pero teñía puntualmente cada semana de luto riguroso. Dos veces a la semana iba a la peluquera a que le hiciese un casco negro con el pelo, le vendía productos milagro anticaída y volvía a casa después de comprar unas cuantas pastillas de jabón de tocador LUX, que no usaba, un kilo o dos de manzanas, un pollo que quedaba en la nevera.
Me daba una pereza enorme - de la que hoy me siento culpable- intervenir en su vida, pero es la única madre que tengo y me fui a ver al médico. Llevé las pastillas de doble efecto y sus correspondientes recetas.
-Doctor, ¿mi madre es hipertensa?.
-Ligeramente.
-Entonces, ¿ por qué le receta Usted una pastilla para subir la tensión y otra para bajarla?. Dije, mostrándole las copias de las recetas.
-¡Joder!, ya me la volvió a meter, vienen con los cartoncitos, tengo cuatro minutos por paciente y escribirle seis o siete recetas a cada uno...
-Ya sé y ella le pide el cartón a la... y continúe el relato mirándole fijamente...
Después de esta entrevista llegué a conclusiones:
-Que los viejos son un buen negocio: Para los mercaderes, para las farmacias y sus industrias proveedoras, para los gerentes de los sistemas de salud, para los más ineptos de sus hijos...
-Que los más próximos confundimos la demencia del Alzheimer con las rarezas propias de las personas, agravadas por la edad.
-Que mi madre es inmortal.
Aviso: El nombre del médico no es real. Lo cambié ahora mismo no vayamos a joderla. En el próximo capítulo iré contando los procesos legales, la atención recibida por parte de la Consellería de asuntos sociales y otros de vuestro interés por si llegáis a viejos. Por mi parte, he decidido fumar más.