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miércoles, 26 de agosto de 2015

EL BONSAI DE NELA.



























Era la guerra de Bush y Aznar, aquella que destruyó la dictadura de Sadam Hussein. La de las armas de destrucción masiva, la del fracaso de Occidente. Fue aquella vez que decidimos mi Santa y yo que había que hacer algo contra el trío de las Azores, que al menos perdiesen aquí.
Imprimimos mil camisetas negras con NO A LA GUERRA en rojo, un anuncio en el periódico, visitar los lugares de copas y Rock de Vigo, mi hijo Daniel en el Instituto, el bar de la Escuela de Idiomas, miembros de una institución militar, en dos días recuperamos los dos mil quinientos euros invertidos y por la calle veías cientos de personas en varias ciudades de Galicia con la arriesgada camiseta. Unos días más tarde el ataque se produjo a pesar de las camisetas. Miles de personas murieron, hubo asesinatos sin juicio, masacres de seres anónimos, prisiones que no tienen nada que envidiar a los regímenes fascistas, pagadas con nuestros impuestos, por gobiernos traidores. Por un presidente que pagó del erario un millón y medio de dólares para que le diesen la medalla del Congreso USA. Millones de personas huyen hoy, once años más tarde, de las consecuencias de la miopía de los traficantes de armas y de petróleo.
Con nuestras cajas de camisetas y una agenda pasé por el BONSÁI,  una tienda de comestibles al lado de mi casa. No era cliente pero le dije que pretendía poner mil pancartas en el pecho de la gente contra la guerra.
Nela, la dueña, me miró como diciendo: Nunca me compras nada y vienes a que te venda camisetas. Pero con gesto de "hay que hacer lo que hay que hacer" dijo:
-Déjame veinte.
Creo que vendió cuarenta.
Desde entonces he sido su cliente, y coincidimos en muchas más cosas de las que cabría pensar por diferencia de edad y de vida. Sus comentarios siempre son inteligentes, honesta hasta el límite y con el razonable humor sin lugar al cotilleo que gusta a las comadres.
Sustituyó a algunos de mis habituales asesores sociológicos tabernarios y enlaza mi albañilería aislacionista con la realidad circundante.
Afortunadamente  los ciudadanos somos mucho más decentes que nuestros gobiernos. Además,  pagamos impuestos. Ellos solo los gastan.
 Olvidaba decir que Nela quiere alquilar o vender un bajo. Y aqui no nos rompieron todo, aún.

jueves, 6 de agosto de 2015

LIMPIANDO EL PASADO. Isaac Singer.

 
Es que no doy abasto. La máquina de coser de mi madre se apolilla. La pobre cosía mucho, pero aunque engrasaba, no limpiaba su máquina de coser, me puse a limpiarla por la mañana, le dedique buena parte del día. Por la tarde asesiné polillas en una guerra química sin cuartel.
Es una obra de arte industrial, mecánica de precisión de lujo y el nombre del fabricante "Singer" me parecía alemán, porque cantamañanas en alemán se dice Morgensinger y aunque en inglés "Cantante" se dice "Singer", por lo de la admirable mecánica, el ingenio del movimiento con eficacia y la impecable traducción española del manual de instrucciones me inclinaron al origen germánico. Me entusiasmé y busqué  los fabricantes de máquinas de coser de los años próximos a la primera guerra mundial. 
Y es que en los escombros de mi historia familiar estoy descubriendo cosas de la historia de la Humanidad, no porque seamos el último vestigio de Neandertalis cretiniensis, que lo somos. Es porque el ingenio humano está en el origen de los bienes y los males terrenales. Como no soy capaz de desprenderme de toda la mierda que  me inunda, la limpio, restauro e investigo.
La máquina de coser de mi mamá es una reliquia de 1910 fue comprada en los años 40 a Doña Julia Ozores, que había sido su maestra de corte y confección. Doña Julia era  una viuda (creo) sin hijos, tenía una hermana Natalia, que era antigua propietaria de las tierras que mis abuelos y la Tía Francisca compraron con sus respectivas herencias en 1921. Los Ozores son una familia cuyo linaje se remonta a 1.400 muy vinculada al ejército y al poder. Doña Julia debía ser segundona, vivió siempre de su trabajo, con huéspedes, cosiendo y al final de sus días su criada de toda la vida, Obdulia, recogía las levaduras de las casas amigas para criar dos cerdos en un chalet del centro de Pontevedra al lado de las Calasancias y poder así adornar el caldo todo año. 
Esta es la historia de Singer en español: https://es.wikipedia.org/wiki/Isaac_Merritt_Singer
Esta en inglés, más completa y sabrosa: https://en.wikipedia.org/wiki/Isaac_Singer