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lunes, 12 de septiembre de 2011

RELATOS FARRAGOSOS.1.



 Escuela Oficial de Náutica de Coruña.
Carlos de Cea Naharro-Cuenca era uno de mis compañeros en segundo curso de Radio. Era un buen chico, hijo de un médico establecido en Rabat y hermano de un Capitán mercante. Siempre pulcro e impecable en el vestir, me dijo que podía irme a vivir a su pensión, cuando le conté que la señora María quería deshacerse de mi porque coleccionaba esquelas mortuorias de generales españoles. Las iba pegando en la pared dejando un espacio grande en el centro. Cuanto más importante fuese el finado más cerca lo dejaba del espacio central y a la señora María le daban miedo mis aficiones.
Me mudé a casa de Lola y su marido, jóvenes muy entrañables de Serra de Outes. Alquilaban tres de sus cinco habitaciones en un piso de la calle Eduardo Pondal en Riazor.
En la casa además de nosotros dos estaban: Roqui, que me parece recordar se llamaba José Miguel Iglesias,  hijo de militar que había nacido en Larache (marRoqui) en el curso de Piloto, compartía habitación y clases con Fernando Liste, Esteban un alumno de Máquinas de Burgos, compartía cuarto con el que suscribe. Carlos como huesped más antiguo tenía una pequeña habitación individual, aunque venía a estudiar a la nuestra.
Mientras me duró el dinero de mis embarques de marinero comía todos los días. A veces iba con Carlos a comer al comedor del Parque Móvil de los Ministerios, donde se comía bien y sin ser caro, para mi economía era un gasto excesivo. Allí nos reuníamos con algunos ilustres de la aristocracia: Un Borbón, de nacionalidad brasileña, que se apellidaba “de Borbón Orleans y Bragança” se sentaba con el hijo del embajador en Londres, Marqués de Santa Cruz, juntos estudiaban para el examen de Piloto en la Escuela, eran por tanto compañeros de Roqui y Fernando. El de Santa Cruz radiaba desde la ventana para todos los comensales los encuentros de dos adolescentes de colegio religioso en el portal de la chica. “Ahora ella baja la cabeza, en estos momentos el joven, acercando su mano a la barbilla de la muchacha, alza su cara, le da un beso en la boca con lengua, ella se separa y entra corriendo hacia las escaleras. Él, cambiando los libros de mano se va calle arriba y ...pero que hace?. ¡Miserable! se limpia la boca con la manga del abrigo. ¡Ha borrado el beso!....”
Hace un año fui a la calle, el barrio ha envejecido menos que yo, pero es de viejos. En el portal de la chica vi a sus padres ancianos pero reconocibles. El recuerdo del Marquesito como le llamaban en la escuela, y sus locuciones me asaltaron, estuve a punto de preguntar a los ancianos por su hija, pero no sabía más de ellos que los encuentros radiados, y verles cada día bajar la basura cuando nosotros regresábamos de adquirir conocimientos sobre los milagros de Canaan.