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jueves, 1 de mayo de 2014

CANDIDO MERA, mi padre.


(Saomede=Sanmamed) Generaciones de emigrantes para conseguir esto.

Llevo muchos días recordando a mi padre. Su historia coincide bastante con la historia de España.
Mi abuelo era un emigrante analfabeto que aprendió a firmar en el barco que le llevaba a Cuba con pocos años y el hambre derivada de la pasión por el juego y el alcohol que su padre tenía, dejando a toda la familia en la ruina, sin tierras y debiendo dinero. Así que cuando el emigrante regresó recompró algo de las tierras de la familia, se casó, tuvo tres hijos y volvió a emigrar, esta vez a Argentina. Tras unos años, Antonio Mera González volvió, tuvo otros dos hijos y volvió a emigrar a Argentina. El penúltimo de los hijos fue mi padre Cándido Mera Fernández. No llegué a conocer a sus hermanos mayores, pues murieron siendo yo niño en Buenos Aires, ellos debieron emigrar como lo había hecho su padre. Sin duda su fidelidad al país de acogida les libró de cosas mucho peores.
La niñez transcurrió como la de los niños pobres gallegos, el ganado, la labranza.
-Éramos tan pobres que  llamábamos a las gallinas  por su nombre. Y sabíamos los nombres de gallina de toda la aldea. Decía.
A los doce años fue de "rapaz" por primera vez a las siegas a Castilla, cada dos segadores llevaban detrás a un niño que hacía hatillos con la mies que los hombres (Fouce= hoz en gallego) dejaban segada en el campo. Recordaba mi padre esos tiempos con rencor. Los capataces cobraban a los dueños de la tierra lo acordado y pagaban a los segadores lo que les parecía, a los rapaces, les daban casi nada o nada. No pagaban los billetes de tren de los niños a los que escondían entre fardos cuando venía el revisor. Fue ocho años a Castilla, dos de ellos de "rapaz" el resto de "fouce". A los diez años sus hermanos ya habían emigrado y el peso de las faenas del campo ya caía sobre él y algún vecino que enseñaba y ayudaba. No fue a la escuela.

Y en 1931 VINO LA REPÚBLICA.
Las nuevas autoridades suprimieron los "foros", una pequeña cantidad que los labradores debían pagar al Señor de Ribadavia, a pesar de haberle comprado las tierras. Pusieron escuelas, como todos los niños trabajaban las pusieron en horario nocturno. Allí aprendió mi padre a leer con dieciséis años, el sistema métrico, historia, y algo más de las cuatro reglas.
El maestro era un joven anarquista. Mi padre se hizo de la CNT. Por entonces volvió mi abuelo de Argentina. La sublevación de 1936 le pilló en la mili en Orense, a punto de ir de permiso, recién casado y su mujer preñada. Su padre le recomendó huir a Portugal y salir para América, con sus hermanos. No se atrevió por miedo a las represalias contra su familia. Su maestro había sido asesinado en O Furriolo y siendo de la CNT se sentía más seguro en el Regimiento que fuera de él. Hizo toda la guerra en prácticamente todos los frentes. Era el único de su unidad que sabía escribir y por ello lo nombraron Cabo.
Las historias de militares como las de navegantes hay que analizarlas, suelen ser un pupurri de historias propias y oídas, reales o imaginarias, aunque el que las cuente sea tu padre.
No obstante hay algunas de la guerra indudables. Estuvo a punto de pasarse al otro bando por odio a sus mandos, no lo hizo con un compañero y vecino que estaba soltero,  porque si cruzaba las lineas no sabría nada de su casa, ni enviar ni recibir cartas, su vecino se pasó y él se quedó. Al cabo del tiempo ya en la aldea se enteró de que lo habían hecho prisionero y fusilado. Su mujer había contraído la tuberculosis y su hijo acababa de nacer.
 Los ocho meses de guerra de posiciones en la Sierra de Espadán fueron terribles. Tuvieron que abandonar varias posiciones. En una de las retiradas el Alférez de la compañía recibió un tiro en el estómago y tenía heridas de metralla. Sus aullidos eran terribles. Lo colocaron sobre una mula, doblado sobre la herida, el Capitán ordenó que se cantase "La fiel Infantería" para que no se oyesen los gritos del herido. Murió tres horas más tarde. Gritando.
Durante los últimos contraataques del Ejército de la República la posición perdió a dos suboficiales y un cabo quedando un cabo de ametralladoras y él. Una bomba de mano estalló en la posición, hubo dos heridos, un soldado moro que estaba vendiendo cosas cuando empezó el ataque y mi padre, con esquirlas en todo el cuerpo que conservó toda la vida y la retina del ojo izquierdo perdida por metralla.
Recuerdos y remordimientos se le metieron en los sueños hasta su muerte. Saltos desde la cama que le destrozaban las rodillas, era un ataque a una posición. Despertarle para salir de viaje o para que parase de gritar:
-" Alto, alto o disparo", era peligroso, podía salir un puño o un pie disparado.
El apoyo de una columna, me parece recordar que del General Varela, reforzó la posición, tomó Villarreal y Castellón de la Plana y evacuaron a los heridos.
En la evacuación se durmió o perdió el conocimiento, no estaba seguro, pues llevaban mas de veinte horas desde el bombardeo con artillería y morteros hasta los asaltos. Cuando despertó le habían robado todas sus pertenencias, el reloj de su padre, la navaja, la documentación y el dinero. Le llevaron a Zaragoza a un hospital donde le retiraron la metralla del ojo. Nunca quiso que se lo quitasen aunque a veces le dolía. De Zaragoza lo mandaron a Burgos y de Burgos a Gijón, donde debía embarcar para reponerse en Canarias. En Burgos recibió carta de su mujer, su salud iba a peor, agravada por la miseria de la retaguardia, que poco podían paliar la cincuenta pesetas que le enviaba, no daban para los remedios y la mayor parte de los alimentos de producción eran requisados o solo podían venderse de estraperlo para adquirir aquellos que no se producían sin hombres ni ganado para trabajar la tierra. En la carta le informaba de que su cuñado Isolino Nogueiras estaba acuartelado en Gijón.
(Continuará 2)
Cubierto con una manta con un agujero en el centro,  a modo de poncho, gentileza del Ejército sublevado, en Gijón fue al acuartelamiento donde estaba su cuñado Isolino de furriel, calzado con unas alpargatas destrozadas y prácticamente desnudo. Sin dinero y con un certificado del teniente médico como toda documentación.
Me contaba que cuando su hermana se casó a él no le gustaba el consorte, le parecía poco serio. Esa aparente falta de seriedad hacía que fuese muy apreciado por compañeros y superiores durante toda su vida. En realidad era un tipo muy serio y tremendamente divertido.
Cuando Cándido se presentó desharrapado como iba, sin uniforme y sin afeitar, Isolino lo miró como si fuese un extraterrestre. Lo llevó al barbero que lo afeitó, cogió una manta y fue al sastre:
-Haz una cazadora para mi cuñado.
En una hora la cazadora estaba cosida. Pero Isolino dijo que le faltaban unas coderas y un cuello de cuero para que quedase bien. Fue a un coche, el del coronel, tenía los asientos de cuero, sacó la navaja, cortó dos rectángulos que llevó al sastre para las coderas y el cuello. Mi padre estaba muy contento con su nueva cazadora y cuando le preguntó por que hacía lo del asiento, respondió, en su pausado gallego:
-Al coronel le arreglarán el asiento enseguida. Tú necesitabas una cazadora o morirías de frío una de estas noches.
A continuación fue a ver a uno de sus mandos y le planteó la situación de mi padre y su orden de embarcar.
-Que no se presente al embarque.
Al día siguiente tenía destino en las caballerizas de un acuartelamiento en Orense a treinta quilómetros de su casa, donde sirvió hasta que fue desmovilizado en 1939, un año más tarde.

A raíz de estos episodios mi padre, al igual que yo, adoró de su cuñado todas sus cualidades y hasta sus defectos.
No se pierdan ustedes el próximo capítulo:
CÁNDIDO MERA: de labrador a portero de los Ministerios Civiles.