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miércoles, 6 de mayo de 2015

EL COCHE.

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Entre los coches y yo existe una relación íntima. Es normal, pertenezco a su entorno, voy sobre uno de sus asientos, mis enseres viajan desperdigados en ellos, mis hijos fueron al instituto y a la universidad en ellos, recorrieron puertos desconocidos preparando una próxima arribada. Pero hay algo inevitable: soy un cerdo. Mantengo su mecánica hasta los ciento cincuenta o doscientos mil quilómetros. Esos siete o diez años hacen que nos encariñemos mutuamente. Incluso mis relaciones amistosas o familiares les toman cariño. Pero la mierda se acumula irremediablemente, pedazos de cerraduras, lámparas fundidas, herramientas olvidadas, bolsas de plástico, colillas, ceniza, zapatillas, chaquetas de agua...
Mi suegra me dijo,
-¡Como tienes este coche, me va a poner perdida la maleta!
-No te preocupes, del aeropuerto a casa es poco trayecto.
Pero pensé en los múltiples servicios que me había prestado, los viajes de madera, cemento y los acarreos a contar nubes al aeropuerto. Decidí darle un baño.
Desistí de llevarlo a un establecimiento al uso, pues el coche anterior había sido rechazado  por los trabajadores y estaba más limpio que este. Así que dediqué dos días de mi vida a limpiarlo. Llené tres bolsas de basura con objetos cuya utilidad había olvidado, fregué asientos y alfombras, limpié todos los lugares donde suelen ocultarse hojas, trozos de madera, animales muertos en algún impacto casual y algunos otros seres procedentes del hiperespacio. Después con una escoba empapada en detergente y con la ayuda de una máquina de presión vencimos la cohesión molecular de guano de gaviota y paloma con la chapa y la de insectos voladores con el parabrisas.
Enceré la chapa, brillaba.
Me separé un poco para contemplar mi obra. Se me saltaron las lágrimas, una amargura me invadió: Mi coche amado es feo y lo había olvidado.

Nota.- Este relato es una ficción parcial, pero me sirve de disculpa para no lavar el coche.