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domingo, 7 de noviembre de 2010

POPEYE. Un loro.


Conocí a Popeye de casualidad, en una aldea del Río Pará en el laberíntico delta del Amazonas, se llamaba Afuá. Había pedido prestada una canoa para recorrer la zona con un Japonés que tenía una concesión maderera. En uno de los canales que navegamos había una pequeña motora. Los dos tripulantes nos hicieron señas y nos acercamos, saludos, un poco de fraternidad entre fumadores.
En los sitios donde no hay mucho consumo es bueno llevar objetos que se puedan cambiar: Una botella de alcohol, dos o tres cartones de cigarrillos, una radio a pilas, un cuchillo, una linterna, pilas...
La lancha estaba llena de sacos, unos doscientos, de cincuenta kilos. Tenían las dos manos unidas de la ayuda americana. Lo sabía porque en la escuelita donde fui de pequeño nos daban leche y queso que en las latas traían pintadas las manos y la banda de estrellas. Les pregunté que producto repartían. Soltando el humo por la nariz el patrón dijo:
- Raticida, los americanos nos envían raticida para desratizar la Amazonía.
-Y ¿como lo hacen?.
-Vamos poniendo sacas aquí y allá. Repartimos en los poblados, tratamos de dejarlas en lugares libres del río, pero es igual, llueve y lava todo.
La cara del japonés no movía un músculo. Como si viese "desratizar" el Amazonas todos los dias. El patrón me dijo si le vendía mis cartones de Winston, me quedaban dos enteros. Le dije, mirando una jaula diminuta ocupada por un papagayo y un periquito verde:
-Le cambio los pájaros por los cartones y un encendedor. Puse las tres cosas fuera de la bolsita de tela de colgar.
-Bueno, se nos va la alegría del barco.
Nos despedimos de los barqueros desratizadores y seguimos nuestra excursión remando con las palas hasta un pequeño almacén donde dona María, una mujer de edad, nos alquiló un gancho donde colgar la hamaca, que allí llaman "rede", aunque es de tejido. Compartíamos espacio con diez o doce viajeros.
Cuando, dos días más tarde, un lunes, llegué al barco el Capitán Don José María Berenguer Puvía, me miró con la cara de desagrado y alivio por mi ausencia y por recuperar las comunicaciones de radio con el armador. Creo que en el año que pasamos juntos siempre temió que en una de esas salidas no volviese. En aquel barco perder al telegrafista era quedarse incomunicado.
En mi camarote puse un palo para que los pájaros tuviesen más libertad, pero volaban a la jaula para dormir. El loro silvaba, pero no hablaba. El periquito le daba besos al camarero, que era un señor de Bilbao y le hacía todo tipo de gracias, a parte de darle garbanzos, lentejas o cualquier menu vegetariano. Le enseñó a decir "bonito" y el periquito lo repetía con una curiosa voz de soprano. En la mar los errores se pagan, el periquito cometió uno y no fué capaz de alcanzar el barco. El rebufo de la superestructura del "Sierra Jara" lo alejaba del costado y vimos desolados como seguía volando con nuestro rumbo, pero alejándose hasta perderse de vista.
Al día siguiente de desaparecer el periquito el loro empezó a hacer todas sus mariconadas y otras que nos copiaba, a cantar " la raspa" moviendo el cuello como si bailase, sin partitura, como le enseñó el camarero. Nunca conseguí que cantase la Internacional, debe ser que yo la entonaba mal.
Durante diez meses fue compañero inseparable y alegría del barco, seguimos saliendo a pasear a cubierta, pero nunca osó como el periquito hacer vuelo acrobático con las turbulencias.
Me adoraba, pero cuando lo dejé en casa de mi madre para irme a navegar de nuevo, su amor se convirtió en odio y me largaba un picotazo a la menor oportunidad, pedía de comer, gritando "comer!!!", conocía a mi hijo por su nombre, le gustaba ducharse, avisaba de la presencia de intrusos. Lo cual era un inconveniente a veces, pues mi padre era el conserje de la Delegación de Hacienda y vivía en el edificio. Cuando volvía tarde, él o alguno de los guardias civiles de servicio, que se ausentaban y volvían de madrugada, el loro pegaba tales gritos, que despertaba el Delegado, su familia y lo que es peor mi a madre.
Han pasado quince años desde que murió y treinta y siete desde que lo encontré, pero hay recuerdos que duran y duran... como unas pilas.