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domingo, 28 de julio de 2013

EL TREN.

En el Instituto de Pontevedra estudiábamos mayoritariamente hijos de pobres que querían formar la clase media del país. A algunos nos era más duro que a otros. Terminar las clases y caminar cuatro o cinco kilómetros hasta nuestras casas, o plantar patatas antes de salir a las clases, empezando a las seis de la mañana y acabando a las ocho. Somos una generación de raros a los que nuestros padres decían que seríamos incapaces de tomar las riendas de nuestras vidas, de crear riqueza, de educar a nuestros hijos. Lo hicimos todo y cuidamos de ellos, generamos una sociedad de bienestar que una panda está empeñada en destruir mediante el robo legal.
Un grupo de voluntariosos consiguieron que cincuenta o sesenta alumnos del Instituto que nos desasnó en Pontevedra nos reunamos una vez al año. Nadie presume de objetivos vitales conseguidos, nadie desprecia a los que fueron jóvenes matones y hoy son viejos reflexivos. Contamos como fue el año, los achaques, las jubilaciones y los muertos por la vida y los excesos. Vamos a bailar a un desguace y nos emborrachamos prudentemente.
Este año no hay cena. Entre los muertos del tren había un apellido de nuestra lista, y no era uno de nosotros, que casi sería natural por edad. Era una de nuestros hijos, de los que siguen con nosotros después de carreras y doctorados, de los que pueden viajar, intentan trabajar, llevan bien lo de estudiar y salir, son guapos, saben lo que quieren. Mi amigo de chistes y una noche al año de risas pierde a su hija, pierde treinta años de amor, esfuerzo y cuidados. La pierden los suyos, pero la pierde la sociedad, la hemos perdido todos.
 Cuando una empresa para ahorrar costes no peralta una curva de una autovía, cuando una Entidad Pública de Gestión Privada proyecta una cosa y hace otra con el dinero de todos, que se va perdiendo por el camino, no solo nos estafan, a veces simplemente nos matan. Un abrazo, compañero.

A  M.A.D.