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miércoles, 2 de julio de 2008

Schbeiker y Cid.

SE HACE DE NOCHE EN CABO ESTAY . Rocas bajo el Faro Enfilación Anterior.
Foto John Silver el Largo.

En 1990, cuando el actual Secretario de Estado para Asuntos del Transporte era Director General de Costas y por tanto máximo responsable de los Faros de España, que le importaban un huevo, los medios de personal y materiales del Servicio empezaron a escasear en beneficio de proyectos megalómanos, confiados a empresas de escasa o nula solvencia, concursos de ideas que tanto gustan a los gobiernos del PSOE, comiéndose los fondos en beneficio de "la gestión privada de la actividad pública" impulsada por Felipe González y sus acuerdos de Maschtrich. El angelito en cuestión es Fernando Palao, recientemente interlocutor de los camioneros, pobres, que, como nosotros los fareros, fueron jodidos a dos bandas, desde dentro y desde fuera.

Los curritos de a pié bandeamos el temporal como pudimos, el Faro de Cabo Estay donde tenía mi vivienda reglamentaria, tenía 12.000 metros de terreno que de pronto, suspendidos los contratos de los peones- para ahorrar presupuesto- a mi no me quedaba ni personal ni tiempo para limpiar, en pocas semanas el recinto de la Señal adquirió el aspecto de un bosque subtropical.


Adquirí dos cabras y convencí a un tratante de caballos de que me enviase uno, que según mi "Vida en el Campo" de John Seymour se zampa una hectárea (10.000 m2, para los de letras) el solito. Las cabras se comían las zarzas, y cuando casi habían terminado las mataron una jauría de perros abandonados. El tratante me envió un Pura raza árabe de 22 años, que tenía la sangre caliente, corría más que cualquier caballo joven y se llamaba "Cid", era tan pequeño que algunas personas se creían que se trataba de un burro.


El Cid era extremadamente paciente con mis hijos y conmigo. No tenía ni pajolera idea de caballos, así que compré un libro: Como montar a caballo y sus cuidados, o algo así. El Cid estaba en depósito, aun así me esmeré en sus cuidados, le construí un cobertizo, compré una silla y unas riendas con su bocado e hice todo lo que decía el libro. Aprendí a montar decentemente y nos hicimos bastante amigos. No fui capaz de quitarle ningún vicio, y tampoco el de la masturbación. Sin hembra de por medio el Cid se situaba al sol, en un descampado, ponía ojos de soñador y desenvainado su enorme falo, empezaba a golpeárselo (sin ayuda de las manos) contra la panza hasta la llegada del maná. Todo el vecindario admiraba cotidianamente y a cualquier hora las capacidades del Cid.


Por aquel entonces había conocido a un joven Capitán de Artillería. Nos cruzamos en la mar cada uno en su balandro, iba de pié en cubierta tocando el acordeón maravillosamente y llevando el timón del barco "Canuto" con el culo. Por el rumbo vi que nos dirigíamos al mismo punto y me permití el lujo de arrancar el viejo motor del "Celina" para llegar al mismo tiempo que él y poder conocerle. El bar estaba lleno de navegantes domingueros a los que conocía pero apenas saludé y me dirigí a él:

- Me llamo Mera, me diste una pasada de lujo a la entrada y además de tocar el acordeón muy bien eres un buen navegante.

- ¡Que va!, me llamo Juan P., aprendí cuando me destinaron a Pontevedra, compré el barco y al principio navegué con reclutas que decían que sabían, pero aquello era un coñazo, así que aprendí solo y fui a unas clases a la Federación de Vela.

El Moro, uno de los operarios del puerto me contó que salía con él desde que había sido su monitor de Vela, que le invitó a cenar un día en Pontevedra, la víspera de Santa Bárbara, y se durmieron a partir de las cuatro de la madrugada en su pabellón de Oficial Soltero, donde al llegar los recibió un pato, que andaba por toda la casa.

A las nueve de la mañana, el Moro se despertó con unos ruidos y abrió un ojo contra su voluntad viendo como Juan se vestía de gala.

-Coño, hoy es Santa Bárbara su Patrona, esto no me lo pierdo.

Vio como Juan se colocaba sable, cordones, condecoraciones... y una especie de puñetas blancas. Cuando lo vio coger el pato y salir por la puerta, se vistió a toda prisa, no se lavó y a toda leche hacia el cuartel. Quedándose a mirar tras las rejas vio como llegaba un coche con el banderín de un general, formar la guardia y eso... El General se subió a un estrado y todos los Jefes de la guarnición estaban formados tras él. Oyó como sonaba la banda, que apareció tras la esquina del cuartel de Campolongo, detrás los gastadores, detrás Schbeiker, el Moro le llama así, con el sable desenvainado, detrás el pato como un metro retrasado y manteniendo la distancia, tras el pato, la Compañía.

Cuando le pregunté a Juan como había conseguido que el pato le siguiese me dijo:

-Se cree que soy su madre o su Jefe, o yo que sé!.

En Pontevedra escuché una historia.
El Coronel le llamó y cariñosamente le dijo:

-No sé como empezar, Juan. Está mal que un Oficial de la guarnición pida.

- Perdón, mi Coronel, pero yo no pido, a mi me dan.

Después de un sábado de borrachera se puso de mañana a tocar el acordeón en las escaleras de la Iglesia de San Francisco. Dejó abierta la funda del acordeón, tirada a su lado, y la gente fue depositando monedas, en la misa de once ya tenía mas de cinco mil pesetas. Desde aquel día fue todos los domingos.

Salió la Ley de la Reserva Transitoria, que Defensa aplicó para desembarazarse de los militares sin formación, y se le fueron todos los suboficiales de oficios útiles, los oficiales de complemento con estudios superiores, casi todos los pilotos de combate y un número altísimo de oficiales de brillante historial, bastantes números 1 de promoción con el generalato asegurado. Entre ellos se encontraba Schbeiker.

Un domingo vino a verme al faro. Nos sentamos en la acera del jardín, y me dijo que venía a despedirse, que se iba una año a la India con un gurú.

-Y ¿cual es el objeto?

- Concentración mental, ser capaz de hacer cosas con la mente.

- Pero si tu las manos las usas solo para los mosaicos y tocar el acordeón. El barco lo llevas con el culo...

-Pues imagínate masturbarte sin manos, solo con el poder de la mente.

Miré al Cid que a cinco metros escasos de nosotros estaba a lo suyo, en plena faena,

-Mira, dije señalándo con mala educación. Habla con el caballo y misterio resuelto.


Hace mucho que no veo, ni sé nada, de Juan P. (Schbeiker). Tuvo éxito con los mosaicos y sé que se casó con una médico de medicina familiar que ejerce en Extremadura. Su visión civilizada del mundo y sus muchos conocimientos le harán un padre o marido, o las dos cosas, divertido. Le deseo lo mejor.