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jueves, 7 de agosto de 2008

PEPE Y BERTA.


Pepe y Berta eran dos de mis mejores amigos. Cuando les conocí jugaban con su mamá y el perro de la casa. Los había criado un cazador que había capturado y amansado a la madre, compré a ambos por quince mil pesetas, una fortuna para la época, pero me la devolvieron en diversión.

Como he explicado en su momento, el hecho de ser gallego nos impone cosas que a priori no haríamos, v.g. si te preguntan algo contestas depende, cuando tienes en desuso la razón te pones a trabajar, a ser posible en el extranjero. El extranjero son todos los sitios. Tienes que ser propietario de algo de casa, algo de tierras, y algo de ganado.


Algunos adquirimos todas estas cosas porque las heredamos, otros las conquistan a base de tesón.

Debo reconocer como dicen algunos de mis más fieles críticos, que me va el rollo de las animaladas, pero una cosa siempre trae la otra.

Mis padres fueron dejando con la edad la actividad agrícola, para que estuviesen contentos yo la tomé con mucho impulso. Compré a la yegua Sara, dos cerdos: Mariano y Marujita y dos jabatos: Pepe y Berta. A los seis meses ambos pesaban unos treinta quilos, tenían unos colmillos considerables, que cada vez que venían a rascarse a mis piernas dejaban una marca de navajazo para los restos. Supongo que los estudiantes de Medicina que los reciban dirán: ¡Joder!, vida movida la del paisano este...

Para acelerar la labor de limpieza del terreno iba moviendo quicenalmente la valla de un pastor eléctrico alimentado por una batería. Los cerdos lo dejaban todo limpio, con apariencia de paisaje lunar.
La batería se cargaba con un panel solar foto-voltaico que había desmontado del "Celina" a petición del comprador, a quien no interesó mi obsoleta electrónica (con buen criterio). El panel tenía cascado un diodo que les ponen para que no se descargue por las noches. Estaba en trance de sustituirlo cuando se acercó Laura,

- Coño Mera, tienes un panel solar, ¿para que es?

-Para los cerdos.

-Para los cerdos...¿Para que?

-Para que vean la televisión.

-No lo hagas, que quedan alienados.

Salvo raras excepciones la gente no pregunta, observa, espía y deduce. Las conclusiones siempre son disparatadas.

Una de las excepciones era Pepe Martínez, un electricista ya jubilado desde hacía años, lleno de sentido del humor. Quiso venir acompañado de su señora a conocer mi sistema, preguntó como funcionaba. Le explicaba mientras cerdos (1oo kg) y jabalíes correteaban y aprovechaban el celo que más tarde dio lugar a simpáticos rayones que llamé jabicerdos. Al vernos dentro del vallado los cuatro vinieron solícitos a saludar, la señora comenzó a gritar:

-¡Que no se acerquen!, (bis)... , si se acercan me muero.

- No mueras, mujer. No mueras... que aún debemos recoger un poco de hierba. Dijo parsimonioso su marido.



Imágenes de la Web.

A Laura, que se ríe con mis animaladas.