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martes, 12 de agosto de 2008

EL GATO. ISLA DE SALVORA.



















El faro de Sálvora tenía un sistema de iluminación del s. XVIII, como el de Ons y el Hierro: Petróleo vaporizado a presión, es una pena que estos sistemas no se mantengan en funcionamiento. Los chicos podrían ver Física aplicada sin costosos laboratorios.




A finales de los ochenta, a los fareros nos quedaban tres telediarios, el equipo económico de Felipe González había reinventado el liberalismo y para pasmo de los que creíamos en en la gestión pública del sector público, aquellos ilustrados acuñaron el concepto gestión privada del sector público, que es como si te haces empresario con el dinero del Estado. A ellos les fue bien y al país le fue mejor de lo esperable, pues esté país siempre se desarrolló a pesar de quien lo administre.




Cuando me propusieron sustituir a Carmen Rosa, la encargada del faro que se iba a dar a luz, acepté sin dudarlo, mi servicio estaba al día y podía dejarlo por un mes sin problemas. Era tal vez la última oportunidad que tenía de volver a mi querida torre, a los paseos por las rocas, inventar cada día un menú con lo que cuadraba, arrancar el generador para ver el telediario, recibir la visita de los pescadores que descansaban en la cala del Sur.




Era lunes 13 de noviembre de 1989, el Balizador Rias Bajas me llevó desde Vigo a la isla, me acompañaban Xosé Guillermo http://xoseguillermo.blogspot.com/ y mi hijo Daniel, fruto de un mal encuentro que entonces tenía tres años. En el barco, la bici de Daniel, los cuadernos de Guillermo, algo de ropa, una escopeta que mi abuelo había traído de Argentina ochenta años antes y víveres para dos semanas. A la llegada estaba el tractor del faro esperándonos, con el perro Brico y Pepe , un economista que había dejado la multinacional para fundar la República de Bislandia.


Carmen, Julio y Pepe tenían el faro impecable, habían hecho todo tipo de mejoras y respecto de mi primera estancia diez años antes el faro estaba en perfecto estado, habitable y lleno de detalles que demostraban el amor de sus habitantes, que a día de hoy aun resisten, a pesar del desamor de ciertos gestores.


Pepe Pertejo, después de ponerme al día en los temas del faro, embarcó al día siguiente en el Rías Bajas con destino Villagarcía y después sabe Dios Donde.



Decidimos hacer acopio de víveres, pues el Pragueiro, un barco de la Jefatura que patroneaba un barbero y que debería suministrar las islas, solo salía en los días de calma veraniega a pasear ingenieros. Era una intendencia poco fiable.


El tiempo estaba cambiando, el viento arreciaba y bajé a las rocas a ver si pillaba algo: un kilo de percebes, un pulpo... , y esa noche acoplé una linterna a la escopeta y cacé cuatro conejos, que nos garantizaban el sustento al perro y a nosotros dos días. Llamamos por radio a los pesqueros de la zona y al día siguiente nos trajeron pan, que congelamos, embutidos, leche y abundante provisión de alcoholes para pasar el temporal que se avecinaba.


Cuando empecé a escribir el Diario de Servicio, Guillermo me propuso hacerlo ilustrado, me pareció estupendo y escribí los disparates que me dio la gana y dejaba espacio para las ilustraciones de Guillermo, el papel del Diario no aguantó demasiado bien el agua de las acuarelas y la de los whiskys.




Francisco, en aquel momento guardián del Marqués, se había ido para pasar el temporal en tierra, yo podía practicar el furtivismo sin comprometerle. En las escampadas salía a cazar, coincidiendo con los conejos que salían a comer. Tuve que rellenar algunas flojedades de la escopeta con papel albal, pues temía que un cartuchazo me reventase en la cara, pero la escopeta cumplió su función. El temporal duró veinte días, y el pequeño Daniel, aunque lo llevaba de paseo cuando escampaba, con vientos de sesenta quilómetros por hora, no estaba acostumbrado a la soledad, pasaba las horas lluviosas puteando al pobre de Brico, o colaborando con él en la persecución de la gata. A veces puteaba a su propio padre, al invitado, y no había nadie más, pues había arreglado para que Agustín, el peón de servicio, se fuese a celebrar su cumpleaños a tierra en un pesquero, pues pedirle al Pragueiro una tarta de cumpleaños, era un lujazo: "Con este temporal, nos non nos movemos de Sanxenxo".


Dediqué mi tiempo a pequeñas operaciones de reparación en el faro y a conseguir setas, conejos, algún pulpo... asomarse a las rocas a coger percebes era impensable. Las olas tenían cuatro o cinco metros (mar de fondo) y podían atrapar a cualquiera en las cuevas más abrigadas.


Guillermo empezó a pintar un mural en una de las paredes del pasillo, con acrílicos que nos trajo un pesquero. Por las noches diluviaba y escribíamos diario ilustrado mientras estaba funcionando el generador.


Una noche en la escampada salí a cazar. El sistema es simple: Se pega con cinta aislante una linterna al cañón de la escopeta, se hace un barrido con el haz por el monte, cuando se ve un punto rojo se dispara. No hay que mover el haz de la pieza, pues se puede perder y no se come, es una muerte esteril.


Ví el punto rojo, disparé y era un gato gigantesco, de unos seis quilos, seguramente abandonado por un pesquero se desarrolló a base de polluelos, lagartos y conejos, un atleta.


Cuando volvía con el gato y dos conejos el faro empezó a hacer cosas raras, disminuyendo su luz. Corrí como un gamo, dejé tirada la escopeta y la caza y subí a la torre. Llegué sin resuello, el petróleo se había inflamado por alguna impureza y el fuego llegaba al mecanismo de relojería. Cerré la llave de paso de petróleo en la óptica y cuando volvía a la cámara a cojer un extintor allí estaba el pequeño Daniel.


-Corre abajo, ve con Guillermo y dile que suba una manta empapada en agua. Esto va a explotar todo.


- No, ¡quiero ver como explota!.


Cagándome en todo descargué el extintor en la llama y se sofocó, la grasa dentro de los mecanismos de relojería seguía ardiendo. Bajé al niño y subí una manta empapada que impidió que la llama de la grasa del mecanismo de relojería acabase dañándolo. Instalé el alumbrado de emergencia y dejé los arreglos del desastre para el día siguiente. Guillermo apenas podía contener al pequeño pirómano, que en pijama seguía gritando sus deseos de ver la destrucción del faro.


Xosé Guillermo sugirió que tal como estaba el patio era mejor no desperdiciar el gato. Lo adobó en condiciones y lo guisó, estaba divino, pero aunque me mentalicé de que el tipo de animal que se come es una cuestión cultural, que a saber que me había comido yo por esos mundos de Dios; lo comí con arcadas, pero solo fue el primer día. Brico tuvo su parte y la gata fue invitada a un modesto acto de canivalismo. Daniel no perdía detalle,


-Mejor no le comentes a tu madre que has comido gato.


Diez días después de los hechos y veinticinco después de nuestra llegada, sensiblemente más delgados los adultos y no se por qué, mas gordos el niño y los animales, el Rías Bajas trajo el relevo, el faro estaba sucio, el mural sin acabar, en el pasillo un andamio montado para pintarlo, la atmósfera viciada de no abrir las ventanas... Al pobre le quedó una sesión de limpieza considerable. Juro que lo tuve difícil.


Al llegar a tierra fui a devolver el niño a su madre, que me lo había dejado porque a ella le interesaba. Se fue corriendo y gritando:


-Mamá, ¡Comí gato!.
-No me digas que le has dado gato al niño... dijo ella, con cara de asco.
-No, le dí conejo, le dije que era gato porque no quería comer y se lo comió todo.
-¡Quiero irme con mi padre al faro!
-¡Pasa pa dentro!


En agosto 2005, Guillermo y yo volvimos a la Isla, esta vez con las señoras . Maruchi tomó fotos del Diario e hizo estas que hoy os presento. El "Biniazar", el pequeño balandro que sobrevive conmigo, se portó. Salió de Marín a Sálvora con viento de proa, hizo las 20 m.n. en cinco horas y pasamos dos días con Carmen Rosa en su faro, disfrutando de la isla y de nuestros recuerdos.




Mera, Conchi y Maruchi, saliendo de Marín, Foto X.G.



Abajo: Ría de Marín, orilla Norte.

Ons.

Xosé Guillermo, con Sálvora al fondo.

Guillermo y Conchi, en el patio del faro.

Un lujo: La farera Carmen Rosa Carracedo, ayudando a las chicas a embarcar.Podría ser la tristeza del adiós.







Arriba, el Biniazar en Sálvora, al fondo Noro y Vionta, Aguiño y Ribeira.