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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Marina mercante: M/N "Sierra Jara"

En 1972 el único teléfono que había cerca de casa era el estanco. María la estanquera me hacía el favor de recogerme los avisos. Nos casamos el 23 de septiembre. Estuvimos unos días sin salir de casa para aprender a ser un matrimonio. En octubre comuniqué a Hispano Radiomarítima mi disposición a embarcar en el supuesto de que mi esposa (17 años) con su libreta de navegación pudiese navegar conmigo.
Ningún problema. Me llamaron para embarcar en los astilleros de Euskalduna en Bilbao en el Sierra Jara. María la estanquera pasó la información rápidamente.
Al pie del portalón el Capitán y el primer oficial eran identificables por los galones. Me presenté y presenté a mi esposa, cuya mano no había sido besada y se descojonó de risa infantil cuando D. José María Berenguer Puvía, con su exquisita educación se la besó.

El "Sierra Jara" exactamente igual que el "Eolo": 125 mts. de eslora y equipos modernos para ser un barco español.
El Capitán Berenguer era un marino de probada experiencia en todos los mares. Dejó los barcos de pasaje donde era primer oficial, para ser un joven capitán en la malograda linea de Cuba, con Castro recién estrenado, que acabó en el desastre del Sierra Aranzazu, mediante una extraña acción de los servicios secretos americanos. La Marítima del Norte fué una empresa creada por la famila Sendagorta apoyada por algunos miembros del Gobierno vinculados al Opus Dei, que acaba de llegar a él. Compraron el barco que antes había sido "Manuel Campos", botado el 30 de marzo de 1968. Don Jesús Sendagorta, el Presidente de la Compañía, llamaba a sus barcos "Sierra", así pues, le cambio el nombre. Se rumoreaba en el astillero que comenzaría una huelga, la compañía urgía al Capitán que acelerase los trabajos y se saliese cuanto antes.
-Una huelga...¿ y que?, no creo que afecte a los bares.
El mensajero quedó de piedra.
En las noches de puerto, se vestía de bonito, tomaba un taxi, se iba a un cabaré, pedía una botella de champán para que su acompañante cobrase la comisión y se pasaba la noche bailando, a las tres de la madrugada llegaba puntual y sobrio. Rondaba los cincuenta cuando le conocí. Y me decía que lo más fácil y barato para bailar era el cabaré. Me imagino que las damas que lo acompañaban se sentirían como princesas, pues su trato era en extremo delicado.

Hoy me acuerdo de pocos nombres, pero si de la tripulación: 26 personas.

Cubierta: Capitán. 1er. Oficial. 2do. Oficial. 3er. Oficial . Agregado (alumno de Náutica).

Radio. El que suscribe.

Maquinas:Jefe de Máquinas. 1er. Maquinista. 2º Maquinista. 3er. Maquinista. Alumno de Máquinas (escaseaban).

Fonda: Mayordomo, Cocinero, ayudante y un camarero para los oficiales que comían en la cámara en dos turnos.

Contramaestre, tres marineros y dos mozos de cubierta. Tres engrasadores y dos limpiadores. Los alumnos y marineros compartían camarote. Los oficiales y la Maestranza ( Contramaestre, mayordomo y cocinero) tenían camarotes individuales. Había un hospital con cuatro camas , un camarote del armador y uno para el práctico.

El Capitán y el Jefe de Máquinas no tenían guardia, salvo cuando faltaba un oficial de su departamento. Los demás hacían una guardia de cuatro horas cada doce. El telegrafista tenía cuatro horas de oficina, con escucha de 8 a 12 (hora del lugar) en la frecuencia de socorro y otras cuatro horas según las necesidades de las comunicaciones. Además de reparar los equipos electrónicos del barco, recibía los partes meteorológicos y los avisos a los navegantes. Reparar los "transistores" de los tripulantes y la tele del barco daba mucho prestigio, aunque en puerto casi nadie se enteraba, en el extranjero por el idioma y en España por la marcha. De la atención médica se ocupaba el segundo oficial, con resultados dramáticos a veces, y de las nóminas y documentación el tercero. El radar solo lo podía usar el Capitán, y yo para repararlo. Tenía llave.

En el puente no se podía escuchar música, ni cantar. Cuando se gobernaba a mano el timonel debía repetir el rumbo en voz alta al ordenárselo y de nuevo al conseguirlo, además se anotaba en una pizarra. En el trópico en viajes largos había que racionar el agua, un cubo por persona, la cerveza no, afortunadamente. Los maquinistas, no sé el por que, estaban reñidos con el aire acondicionado y podía suceder que tuviésemos cuarenta grados día y noche, o estuviésemos tiritando con quince, faringitis y demás secuelas. Mi compañera y yo lo solucionábamos con estupendas siestas y unas hamacas en la toldilla alta.
 El barco según se nos informó iba a Gabón a por madera, toda la tripulación iba preparada para aguas tropicales. Con el barco de salida fuimos destinados a los Grandes Lagos con chapa de acero (?!) con escala en Montreal. Con diez grados bajo cero subimos los esclusas del Río San Lorenzo. María L. y yo fuimos a tierra y en un almacén compramos tabardos, de los que hoy llaman plumas. La mayor parte de los tripulantes no lo hicieron.
Las máquinas se limpiaban con trapos que venían en paquetes de un metro cúbico. Muchos eran ropa limpia. De allí salió el uniforme de los marineros. Las esclusas se llenan de agua con el barco dentro, que se va elevando, en aquel caso hasta siete metros para alcanzar el nivel de la esclusa siguiente. En la proa va instalada una pértiga de la que va colgado un marinero. Él es el encargado de amarrar las estachas del barco a los norays. Sube a bordo cuando el barco está desamarrado y avanza a la siguiente esclusa. Esa maniobra con siez grados bajo cero resultaba divertida. Desde el puente donde yo ayudaba con el telégrafo o el timón, además de las comunicaciones, la escena era: un tipo con un gorrito rojo de lana de los de los niños, embutido en una bata de flores de guatiné iba colgado por un cabo que salía a cuatro metros del casco en una especie de vara de acero, cuando tenía el muelle en la vertical gritaba: ¡arría!. El contramaestre soltaba el cabo desde el barco y el valinte aterrizaba en la nieve corriendo para encapillar en los norays los cabos de unos 10 cm. de mena que desde el barco le tendían, con unos trapos que envolvían sus pies y estaban amarrados con cordeles, cayendo y levantandose arrastraba como podía las gazas para amarrar el barco. La operación se repetía cada media hora