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miércoles, 22 de mayo de 2013

LAMINA DE AGUA

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Uno de los numerosos problemas que afectan a nuestra clase política es mear fuera del tiesto. En el lenguaje con que disfrazan su incompetencia le llamarían “extemporaneidad”.
Uno de los ejemplos y hay muchos, es la gestión de los puertos. Primero descubrieron que a los mercantes se les podía robar carga, comprar tabaco y whiski de contrabando a precios de chantaje, creando un aparato burocrático insufrible e ineficaz. Consecuencia: Ni España tiene barcos ni los extranjeros traen su carga a nuestros puertos.
Luego descubrieron que a los pesqueros se les podía robar de todo. Para pagar esos robos arrasaban con los caladeros y todo el mundo estaba contento. Ya no tenemos caladeros ni pesqueros.
Con el ladrillazo empezó a molar tener un barco; “de recreo”, le dicen. Nuestra costa se llenó de puertos deportivos, todos los tarugos que se forraron defraudando al estado y a los consumidores compraron un barco y una concesión en régimen de copropiedad de la lámina de agua ocupada. Es decir el Estado le vendió a muchos ciudadanos, entre los que había bastantes aficionados a la náutica que no robaron a nadie, el derecho a flotar por veinticinco años, mediante un canon por metro cuadrado y día.
Lo malo de esto es que como siempre llegaron tarde. Construyeron los puertos deportivos cuando ya ni los extranjeros tenían interés en compartir el desastre especulativo de nuestras costas, ni mayor interés en compartir pantalán con nuestros recién estrenados nautas, salidos de una pléyade de escuelas que nacieron con el boom de: “tener un barco mola”.
Hoy tener un barco modesto, que en cualquier país europeo es demostración de amor a la naturaleza, conocimiento de las ciencias y de la artesanía al alcance de cualquier obrero, es imposible en nuestro país a menos que estés “forrado”. Los gastos de comunidad de nuestros puertos deportivos, las tasas por ocupación del agua de nuestras administraciones públicas, el afán recaudatorio de las empresas privadas encargadas de certificar la seguridad y de las numerosas autoridades involucradas, los impuestos excesivos al material, hacen que sigamos siendo una isla de espaldas al mar, que la actividad marítima sea un paraíso del enchufe y que unas inversiones astronómicas en puertos comerciales, pesqueros y deportivos sean tan rentables como el Aeropuerto de Castellón. Y han sido todos, todos los que llevan decenios enmierdando el país. Los chorizos son profesionales de cualquier filiación política.