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viernes, 31 de mayo de 2013

SALARIOS MÍNIMOS, INGRESOS MÁXIMOS.

Cuando un gobierno quiere cambiar un procedimiento legislativo, sanitario, educacional o fiscal que funciona suele decir que el sistema es anticuado y hay que actualizarlo. Eso empezó desde que existen gobiernos. A los menos relevantes de su partido le conceden una limosna, no hacen nada pero gastan y ganan poco. En el Siglo XIX el gobierno bianual de turno nombraba a sus amigos "funcionarios" que cesaban con el gobierno que los había nombrado, normalmente después de cobrar una miseria durante seis meses. Esos seis meses debían de producir suficiente para aguantar un año. Licencias, arbitrios e impuestos, eran defraudados al Estado por los mismos que los dictaban o recaudaban. Más tarde se importó de Francia, principalmente,  un modelo de Administración profesional,
 Con Felipe González se produjo una legislación administrativa que teóricamente estaba bien, pero abrió el campo a la libre designación, a la contratación de informes técnicos para asuntos en los que la Administración estaba sobrada de personal cualificado, que se quedó para hacer trámites burocráticos inferiores a su formación. Se estableció que el salario más alto no podía ser más de tres veces el salario más bajo, pero simultaneamente se introdujo el Complemento Específico que en algunos caso triplicaba el salario y el complemento de destino que en el caso de algunos asimilados era astronómico. La responsabilidad, el trabajo real, y el servicio público realizado suelen ser inversamente proporcionales al nivel del funcionario.
No veo el porqué un ingeniero deba ganar tres veces el sueldo base de un peón. Se multiplica por veinte o por treinta si añadimos los demás conceptos. El peón tiene derecho a lo mismo que el ingeniero: bienestar, educación, sanidad y promoción profesional. Además, normalmente el peón  le ha pagado la carrera al alto cargo.
 La tesis del gobierno socialista era que si no se primaba a los altos funcionarios se iban a la privada. Rara vez ocurrió, entre otras cosas porque en numerosos casos además de cobrar del Estado ya trabajaban para ella. Muchos, incluso pringados como yo,  lo hicimos alguna vez.
Los seis millones de parados se alegran si a los funcionarios les recortan el sueldo, no les preocupa que el dinero de las actividades públicas se vaya a las empresas de amigos influyentes. Que políticos iletrados cobren en tres meses lo que ellos ganan en tres años. Que veraneen con sus impuestos. A los seis millones de parados lo que les jode es que el pringado mileurista de atención al público tome café, que le haga esperar mientras habla con un compañero, y sobre todo que tenga trabajo. Los miserables que nos gobiernan saben que no va a rodar su cabeza, va a ser agredido un tipejo que aprobó unas oposiciones al grupo C2 y está en la mesa nueve.
Debe ser por ello que los altos cargos del Banco de España sugieren que no se tengan en cuenta los Convenios colectivos y se rebaje el salario mínimo. Esos mismos cerebros hacían balances positivos de nuestra banca arruinada por sus dirigentes y a punto de rescate, mantenían en el cargo gente de dudosa reputación y nadie les agrede. Agreden al celador del Hospital, al auxiliar del Inem, o al maestro de sus hijos.