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martes, 5 de octubre de 2010

DROGAS. Legalización.


Hoy pillaron en Barcelona una plantación de marihuana valorada en tropecientos mil si hubiese alcanzado el mercado.
Esta noticia me toca. Me toca que "negociantes" funcionen en base a una prohibición. Que amigos míos compren marihuana para hacerse tés, porque tienen un cáncer. Me toca, porque cuando iba a Nigeria, en pleno golpe militar pillaba a un hombre intentando robar la caja de los anticipos y no lo entregaba a las autoridades, lo que hubiese supuesto su muerte segura., al día siguiente recibía "a present" un regalo empaquetado en periódico: Medio kilo de marihuana. Regalé y fumé.
Con lo que tengo en mi entorno, un cuartel de la guardia civil y un supermercado de la droga "El Bao", distantes cien metros, hoy me planteo que hubiese sido de mi vida si la "maconha" brasileña, el hachís marroquí o las plantas de marihuana movilizasen tanto dinero como hoy y si a mi me hubiese llegado a interesar el dinero. Seguramente son pocos los marinos que no han recibido ofertas en ese sentido. En los setenta y ochenta todos los que trabajábamos en un barco o manejábamos uno, tuvimos ofertas. Hace unos veinte años que no consumo ningún tipo de drogas, a veces bebo vino o cava, pero soy fumador y la nicotina es una de las drogas más poderosas. Ya soy un delincuente, fumo en el curre, y me cago directamente en la Miembra del Gobierno y ya de paso en la Ministra de todos "estes " Medios. Y en la panda de interesados que mantienen la prohibición que cuesta al erario más de lo que costaría mantener a todos los drogotas tranquilos y a lo mejor hasta produciendo. La caterva de policías, guardia civiles, funcionarios de prisiones, jueces y políticos que viven de ello es mucho más cara a la corta y seguro que a la larga que dar drogas y tratamiento a todos los que deseen ser drogotas del país. Además: es como el adulterio, gusta más por el morbo de la infracción. Entrar en el juego de lo prohibido. Entre el paro que generan nuestros políticos y economistas, el menosprecio del trabajo como fuente de bienestar y la inutilidad de la formación académica para la consecución de objetivos, no es de extrañar que los más débiles de nuestros jóvenes se decanten por la dependencia y los más fuertes por la marginalidad, ocasionalmente violenta.
Con los fondos que se dedican a la represión podrían generarse grupos de investigación, industrias, obras públicas, formación de jóvenes que estarían encantados en dejar las drogas y dedicarse a la política, o como yo, a escribir chorradas.