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sábado, 29 de enero de 2011

EL "CELINA" VIAJA A ARGELIA.


Héctor Mera (11) entre Algeciras y Málaga.
Cuando mi inolvidable amigo el Capitán D. Herminio Viana Conde me llamó para hacer un crucero de invierno por el Mediterrano en el "Celina"no encontré razones para negarme. Era enero de 1987, los dos veranos anteriores había renunciado a mis vacaciones para colaborar en la instalación de paneles solares en los faros de la Ría de Vigo, donde ejercía de farero. Era una tecnología para mi novedosa: "Un fotón desplaza un electrón". A los tres meses había montado una empresa al efecto, que hacía instalaciones los fines de semana en lugares tan exóticos como Bulnes o la Autopista del Atlántico. La empresa fue ruinosa y pensé que dos meses de vacaciones para que la población del país se inclinase por las nuevas tecnologías, no iban a hacerle daño a la ruina. Resultó ser inútil.
Consulté mi proyecto de viaje con una fuente de desalientos, con la que tenía un niño de seis meses. Se apuntó inmediatamente. Fui al cole para ver si mi hijo de once años podía faltar. Su maestra me dijo: va a aprender más contigo por ahí que en la escuela. Me dio una lista de trabajos y en febrero salimos para embarcar en Algeciras, donde Herminio había pasado el invierno en el "Celina". El Capitán padecía una diabetes que podía hacerle perder el conocimiento. Se había jubilado de Práctico del Puerto de la Coruña, de presidente de la Asamblea Local de la Cruz Roja y de varias actividades más para dedicarse a la asignatura pendiente: Ir a donde le diese la gana. Sus hijas le pusieron como condición que cuando no fuese yo con él contratase a un profesional y así lo hizo. Viajaba con un millón de pesetas en el bolsillo de sus pantalones grises (dos unidades). Nunca usó la tarjeta de crédito.
Salimos de Algeciras a Málaga. El pequeño Daniel, que aún mamaba, iba en una mochila cuando bajaba a tierra. A bordo viajaba en un serón que iba en la bañera o en el camarote de proa, entre su madre y yo. En Málaga su madre fue de compras. Volvió contando que había llegado a una tienda para comprarle un gorrito al bebé. Como los de los marineros norteamericanos. La dependienta la miró con cara rara y le dijo que mejor sería que le comprase un par de calcetines, señalando al niño descalzo. A veces, incluso en Málaga, en febrero hace frío.

La tripulación con Paco y Maribel Montañés y Quique en Almería.


De Málaga salimos a Almería. Llegamos con una niebla tan espesa, que la visibilidad no pasaba de los treinta metros. Fuimos sondando con un martillo y un cabo y cuando llegamos a diez metros de calado, fondeamos. Por la tarde entramos en puerto y llamamos a mis compañeros del Faro de Cabo de Gata, Paco Montañés y Jaume Frontera que eran de mi promoción de Faros y habíamos compartido mucho en Madrid y cuando estuvieron en la Isla de Ons. Nos recibieron muy bien y después de una inspección visual por tierra (nuestras cartas tenían más de veinte años) nos fuimos a San José, un puertecito en una cala al pié del Cabo de Gata, a esperar que hiciese viento y pudiésemos ir hasta Italia bordeando la costa africana. Avisamos a nuestros amigos del faro que en cuanto soplase algo de brisa saldríamos. A los tres días, al atardecer, sucedió. Una brisa de poniente se levantó. Pagamos la estadía y salimos. El viento comenzó a arreciar, una ola corta, muy incómoda y del través nos daba de lo lindo, embarcábamos agua como canallas. Estaba tomando un rizo cuando Herminio gritó: Toma el timón. Se desmayó después de tomar las pastillas. Nunca supe si eran para subir o bajar el azúcar. Mi hijo Héctor que ya se había acostado, vomitaba en la cabina. El pequeño Daniel reía en su serón con las cabezadas del barco, como cuando lo lanzaba al aire. Arranqué el motor, pues con los rizos a medio tomar y la vela floja perdíamos efectividad y podíamos tener una rotura. Al poco el Capitán recuperó la consciencia en el plan de la bañera. Le pregunté como se encontraba, me dijo que seguía con el timón y que yo acabase la maniobra de los rizos mientras él aproaba a la mar. Así lo hicimos. El barco tenía agua que ya rebosaba el plan de la cabina. Apagamos el motor y seguimos a vela, el agua parecía no progresar. Al amanecer fui a ver por donde entraba el agua. La vomitona de Héctor estaba mezclada con la humedad del fondo recién achicado. Era una pasta que podría utilizarse para patinaje artístico. Le dije que se vistiese, calzase y subiese a cubierta. El rastro del agua venía de una caja de humos de inox que se había desoldado.
Le dí la novedad a Herminio y me encaré con Héctor:
- Mira, no se puede vomitar en la cabina. Cuando te entren ganas sales a cubierta y vomitas por la borda.
-Es que me mareé.
-Mucha gente nos mareamos: Yo me mareo, Herminio se marea, y el Almirante Nelson se mareaba.
Herminio se echó a reir.
-¡Menudo trío! Nelson, Herminio y José Antonio.
Hice la comida, un guiso de pollo con macarrones. Al atardecer un faro. Nuestro libro de faros y nuestras cartas no estaban actualizados desde 1960. No me coincidía con nada. Herminio siempre decía: ¿Que quieres que hagamos?, mi contestación era siempre la misma: Lo que tú mandes, pero parece buena idea... " entrar en puerto y corregir la entrada de agua". Tenía mis dudas sobre en que puerto entrábamos. Habíamos puesto un rumbo más al oeste de Orán, para corregir el abatimiento del vendaval y de las corrientes que suponíamos generaba en el Estrecho y aguas adyacentes. La intuición funcionó y el puerto que teníamos por la proa era ORAN. Atracamos en un muelle y cuando amaneció estaba escrito: "Estation maritime D'Oran" y debajo en árabe. Como marqueses: en el atraque del Ferry a Marsella.

Héctor cambia una driza en el Club Marítimo de Oran.

Recordándolo bendigo la electrónica (Continuará).A falta de electrónica damos gracias a Alá en el patio de la mezquita de Orán. Ahmed, el joven al lado de Herminio, nos adoptó y fue un magnífico anfitrión.