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lunes, 7 de marzo de 2011

CELINA. Policía Montada de la Tercera edad.

Foto: Faro de Melilla.
Salimos de Alhucemas con la intención de llegar a tiempo para pasar los carnavales en Melilla. Atracamos a la popa de un buque hidrográfico de la Armada. Nos amarramos a unas defensas de rueda de camión del muelle, que impedían que la marejada dañase el casco y nos ayudaban para desembarcar. Melilla es un queso de gruyere en cuya cima se encuentra un hermoso faro donde fuimos muy bien recibidos por el encargado y su familia cuando me identifiqué. Bajo el faro, en la boca de los abandonados túneles de las defensas de la ciudad grupos de contrabandistas, ilegales, y rateros de muy poca edad se refugiaban. Ropa y alimentos manufacturados para Marruecos y hachís para España.
Los carnavales se celebraban en la parte más europea y militar de la ciudad, charangas musicales y grupos de disfraces convergían en una plaza. Me gustó mucho una comparsa de unos veinte policías nacionales que se llamaba "Policía montada de la tercera edad". Iban los apuestos jinetes con sus piernas simuladas colgando de los costados de una viejecita simulada que le salía entre las piernas reales convertidas en piernas de viejecita. A un par de retrasados no les debió de dar tiempo a hacer dos viejecitas y dos policías montados y uno de ellos, pobre, hacía de viejecita, yendo el otro montado sobre él. La música que regía los movimientos de jinetes y monturas era rápida y ritmica, lo hacían muy bien pero creo que el policía-viejecita por su aspecto al terminar la función fue baja definitiva del cuerpo al día siguiente. Cenamos, regresamos al barco y nos acostamos. Oí ruidos pero salí y solo el foque mal aferrado, se movía con el viento golpeando el estay. Me volví a dormir enseguida.
La voz de Herminio en la camareta:
-Coño, ¡Pero si es un ladrón! ¡Ladrón, ladrón!
Salí como pude de la litera de proa, que compartía con S.M. y el serón del niño, en pelotas, Herminio ya había salido. Al pasar por la escotilla eché mano al cuchillo que estaba en su funda, en la defensa que estaba en el muelle vi un bulto, me cruzó como un relámpago la idea de Herminio en el agua y el ladrón dispuesto a saltar a tierra. Cuando estaba saltando sobre el bulto, cuchillo en mano, se irguió, las luces del muelle iluminaron la cabeza blanca de Herminio y al esquivarlo me fui al mar. Mientras, el suboficial de guardia en el barco de la armada corría pistola en mano tras el ladrón, lo atrapaba y recuperaba nuestros bolsos con nuestra documentación y dinero y la cazadora de Herminio. A continuación soltó al chico y vino a devolvernos nuestras cosas. Herminio ya había trepado al muelle y yo debía de tener el aspecto de un dios griego, en pelotas, cubierto de mierda del muelle, con un inútil cuchillo en la mano y resoplando del susto y el esfuerzo de subir a bordo sin escala.
Mientras me secaba, Herminio tomó sus pantalones grises de tergal, que estaban bajo la colchoneta, que por la noche hacía las veces de plancha, comprobó que su millón de pesetas seguía allí y con inmensa ternura, abrazó sus amados pantalones y dijo:

-¡Mi amor!