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jueves, 7 de marzo de 2013

EL CONEJO.

Solo lo vi una vez. Estaba cerca del frenopático donde vivimos, olisqueando coches aparcados. Pasé a su lado y no se inmutó. Me miró poniendo sus largas orejas en dos ángulos diferentes respecto de la vertical. Parecía un conejo de monte común. Al llegar a casa lo conté.
Cerca de casa, en medio de unos edificios bastante monstruosos hay una casita antigua, con una verja  de malla metálica medio podrida. En el huerto abandonado andan sueltos varios perros de caza, en una pared de un antiguo gallinero se puede leer una pintada: "Berlín Muren".  Nunca he visto a los habitantes de la casa, sé que ensayan rock.
Mi Santa volvía de sus clases exultante:
-Hoy cuando iba por la tarde a clase vi al conejo. Jugaba a las carreras con uno de los perros, el perro se tumbó y se quedó mirándome. El conejo fue junto a él y le dio con las patas en la cara y salió otra vez a la carrera. Como invitándole a correr de nuevo.
Ayer volvió a ver al conejo y al perro, sentados juntos y viendo pasar a la gente. Se paró a verlos, el perro se levantó y le ladró en la verja, con un ladrido que la cosmopolita que comparte mi vida definió como protector.
He matado muchos animales, salvo excepciones, para comer. Pero siempre que lo hice me he sentido un asesino, ahora más.