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miércoles, 14 de mayo de 2008

CELINA. Herminio Viana en la Illa de Ons.

Faro de Ons. Imagen del M.E.C.
Navegando a Ons.
Cuando uno tiene al tiempo un ligue y un compromiso familiar, se le presenta un amigo al pariente y uno se va con el ligue. Mucho ojo y no hacerlo al revés.
Eso hizo Gonzalo y sigo agradeciéndoselo después de veinticinco años. Nos acompañó al puerto nos presentó a su padre y se fue a buscar a su ligue a Santiago.
El CELINA estaba abarloado a un pesquero en el muelle de Bouzas, Herminio que esperaba un crucero por las rías con su hijo, se encontró en el barco de su hijo en viaje inaugural, con un barbudo desconocido, una mujer joven y un niño de seis años.
Desde que había dejado de navegar en la Marina mercante tenía ganas de aprender navegar a vela. Me había comprado un librito "Como navegar a vela", encargué una chalana a un carpintero de ribera de Vilanova de Arousa y la aparejé con un aparejo de Snipe, que compré de segunda mano en el Náutico. Le hice un cajetín para la orza y empecé a navegar con pequeños sustos. Mas tarde ayudé a llevar un velero inmenso y clásico desde Vigo a Lisboa. Es decir que era un alumno aventajado. Salimos de Vigo a Ons y Herminio fue cogiendo confianza en el barco y en mi a medida que iban pasando las millas.
Yo me dediqué a observarle. Como muchos capitanes no estaba habituado a llevar el timón, ni a navegar a vela, sabía navegar, había dado clase a Pilotos y Capitanes, metido superpetroleros en la refinería de la Coruña, pero aún no estaba acostumbrado a maniobrar cada ola a vela y contra el viento en un pequeño balandro. Tenía casi sesenta y cinco años pues se jubiló aquel año, un aspecto curtido, unos ojos claros que no cambiaban por grande que fuese la ola. El pelo rubio de otro tiempo era totalmente blanco. Tenía las maneras de un Lord inglés, el Titulo de Capitán de Vapor, el de Licenciado en Derecho, había sido asesor en varias Comisiones del legislativo en temas marítimos, y era poseedor de una considerable fortuna.
Mi hijo y su madre, de quien me estaba separando, tenían un curioso aspecto embutidos en unos trajes de aguas que les quedaban enormes, aguantando las olas que montaban sobre la borda, pues el Celina es uno de esos barcos pesados (6 Toneladas) que embarcan agua en cubierta y les llaman mojados.
Comimos en las islas Cíes y llegamos a la Isla de Ons a la tarde. Fernando Liste, el encargado del faro, casualmente estaba con el tractor con el que subían los víveres en la aldea al lado del muelle, lo cual nos vino muy bien para subir a mi familia y alojarnos en el pabellón de Jaume Frontera que estaba saliente de turno en su casa de Palma. Herminio estaba preocupado por las amarras del barco en el pequeño muelle y decidimos bajar Fernando, Herminio y yo para buscar la mejor situación para el barco y reforzar amarras pues había resaca.
Una trifulca.
En la taberna de Acuña había una gran trifulca, de allí salió Chefa, una mujer en la treintena, que vivía en la casa mas próxima al faro, a un kilómetro del muelle. Se dirigió a nosotros y gritando dijo:
-Está tolo, está tolo (loco), mira como me puxo- sacó un pecho un poco mazado- mira a muller como está. Mostró a una joven que sangraba por la nariz. Yo esta observando el pecho de Chefa, que siempre me resultó gracioso, cuando oí mas gritos, "lo mata, lo mata" entré escopetado, pero Herminio ya estaba subido a una mesa.
En el suelo estaba Manolo Carallo, de sesenta años, orensano que llevaba veinte años veraneando en la Isla, donde tenía una casa. El elemento que espumaba y enseñaba unos dientes enormes, un tipo de unos veintitantos al que los isleños llamaba "Caballito", le pateaba y nadie se acercaba a él. Vi como Herminio se lanzaba con sus sesenta y cinco años y sus setenta quilos desde la mesa a las espaldas de "Caballito", montándolo. Ni se movió, pero cuando Herminio le puso los dedos en la cara para sujetarse, le pegó un mordisco en el dedo meñique, que estuvo a punto de seccionarlo y nunca se volvió a mover desde la segunda falange. Como pude le sujeté los brazos y le obligué a soltar el dedo de Herminio. Lo arrastré al exterior, lo solté, y le dije que parase y se fuese a su casa. ¡Ah! pero vino Chefa y dijo.
-Non hai direito, tres homes pa pejarlle a un home solo, ajora veñen os veraneantes a pejarlle a xente da illa.
La de la nariz rota, esposa del angelito, decía: Non, non hai direito.
En el camino estaban veinte o treinta vecinos que habían salido del bar huyendo de la quema.
- Ao jilipollas das boias vouno matar.
El gilipollas de las boyas era yo, pues al parecer según me dijeron luego, me habían visto trabajando en el barco de Faros, cuando rescatábamos una señal que se había ido a la deriva.
Se vino a mi y me dio una tremenda hostia. Creo que dije algo como quietos todos, o que nadie se mueva, y solté un mitin.
- Hemos intervenido porque usted Chefa vino llorando y su mujer con la nariz partida, no fuimos tres contra uno y ahora no esperen que seamos tres contra treinta, como a alguno de ustedes le haría ilusión. Esto lo arreglaremos mañana cuando estemos todos más serenos. Me quedo con la hostia que no voy a responder.
Le di una palmada a Herminio y cuando él arrancó les dimos la espalda y llevando entre un vecino y Fernando a Manolo Carallo, nos fuimos. Fernando y yo le hicimos en el barco unas curas a Herminio y a Manolo. Pensamos que era mejor que yo me quedase en el barco, pues pensamos que una botella de gasolina de fueraborda, o una navaja en las amarras podían salirle caras a Gonzalo. Herminio quiso quedarse y por la noche le pregunté por que intervino, me dijo quien era Manolo Carallo, que era amigo suyo, un buen tipo y compañero de dominó. Esto ya me pareció razón suficiente para enfrentarme a toda la isla.
La hostia de "Caballito"no me dejó dormir en toda la noche, Herminio roncaba el sueño de los hombres justos después de una hora de plática. Al amanecer me puse a hacer café y estaba tomándolo en cubierta, cuando vi bajar por el camino hacia el bar de Checho al Caballito y su mujer-víctima. Apuré el café, eché mano del cuchillo de maniobra por si las moscas y lo metí en el bolsillo con su funda.
El bar de Checho abría temprano, pues daba desayunos a turistas y marineros. Cuando entré en el bar, Caballito estaba metiéndose un sol y sombra (Coñac+vino quinado).
-Buenos días, me acerque a la barra. Y bajito le dije:
- Usted me quería matar anoche y me dió una hostia, ¿quiere hacerme el favor de salir ahora?
Salieron corriendo, sin pudor, él y su señora, sin despedirse y hoy no recuerdo ni su cara.
Pedí un café a Checho, que no preguntó nada, pague las "sincuenta pesetas", le deseé buen día y me fui a contarle a Herminio el desenlace.
He vuelto a la isla muchas veces, nunca volví a tener problemas, pero nunca me fiaré de un pecho de Chefa, del otro tampoco.
A Tamara Rosón. Jefa de animadoras del Celina ball Club.
Nota.- Todos los diálogos fueron en gallego.
Continuará ...