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miércoles, 21 de enero de 2009

CABO BOJADOR. ANTONIO CASTAÑO.




El faro de Bojador en la actualidad. Foto: Rui Omelas.




El relato que sigue son recuerdos de D. Antonio Castaño Lamela, del Cuerpo de Torreros de Faros. Intento transmitirlos tal como los recibí en las noches del verano de 1979 que compartí con él, su bella esposa Lola y una hija, cuyo nombre no recuerdo, en el faro de Cabo Silleiro. He intentado que Lola me diese una parte de su recuerdo, pero me dijo que ese episodio de sus vidas les había hecho sufrir tanto, que pasaron muchos años intentando olvidarlo y que de ninguna manera quería recordarlo.


Antonio Castaño falleció hace dos años, ya jubilado en A Coruña.




Su padre era el encargado del faro de la Isla de Ons, se turnaba con un compañero y compaginaba el mantenimiento de la señal con la enseñanza, que libró a muchos isleños del analfabetismo. Los habitantes de Cies, Ons y Sálvora, en los años treinta y cuarenta, aprendían a leer entre salida y salida a la mar, (los niños menores de doce años podían ser enrolados) en las dependencias de los faros, sus padres pagaban la enseñanza con un saco de patatas, pescado o un trozo de carne salada. Los hijos de los fareros compartían esas clases, hacían el bachillerato por libre, y hay maestros, capitanes, ingenieros, abogados ... que iniciaron su formación enseñados por sus padres en puntos aislados de nuestro litoral. Antonio Castaño se presentó a las oposiciones a Torrero de Faros y las aprobó, hizo las prácticas en las dependencias de Alcalá 42. Todos los torreros nos formamos en Madrid. Su primer destino fue la Isla de Sálvora y se casó con una isleña bellísima, Lola, de la que estuvo siempre enamorado.


Los funcionarios destinados en África ganaban mucho más que en los destinos de la península. Castaño concursó en 1956 a la plaza de Cabo Bojador, en el antiguo Sidi Ifni. Hoy Sahara Occidental. Antonio y Lola dejaron a su primer hijo a cargo de sus abuelos. Estuvieron contentos en el faro, cuya dotación se completaba con su compañero Carlos Ruiz (o Rey) Dama . La partida con los compañeros, la hermandad con los militares y civiles residentes, la incomparable situación económica hacía más llevadera la vida lejos de los suyos. La llegada de provisiones y correo por los "mandaderos" un matrimonio canario, que hacían pequeños transportes en una camioneta y se ocupaban de la limpieza de las instalaciones, se llamaban Lucas Barrera Segura y Dolores Jiménez Morales, era siempre un motivo de alegría.


La mañana del 29 de noviembre de 1957 habían cazado un venado, lo desollaron al lado de la boca del aljibe y lo adobaron. Comieron con la pareja de la Guardia Civil, y cuando estaban echando la partida y tomando café, se vieron encañonados por un grupo de bereberes, no saharahuis. No les dio tiempo a nada. Los guardias entregaron sus pistolas en la funda.


-No nos dio tiempo a nada. El armamento lo teníamos en la torre, si hubiésemos estado prevenidos, nos durarían dos horas.


Los asaltantes recogieron el armamento: fusiles, pistolas y bombas de mano. Cargaron los suministros del faro y todo lo que les pudo servir en el camión de servicio. El personal fue amarrado en la caja, sus captores se dividieron en dos grupos, uno se dispersó y el otro les condujo en el camión durante día y medio hasta una granja en territorio marroquí, donde estaban otros prisioneros españoles, custodiados por miembros del Frente de Liberación, que sin duda alguna eran militares regulares, mandados por un comandante del Ejercito Real.


Las mujeres fueron separadas de los hombres, en su lugar de cautiverio se encontraban las mujeres de un destacamento de la Guardia Civil que también había sido capturado.


Los hombres eran interrogados, especialmente los militares, que por otra parte poco tenían que decir, pues no había ninguno con acceso a información sensible.


La preocupación por las mujeres y por la situación de las familias en España era una losa que pesaba en el ánimo de los prisioneros.


Mientras, cuando el faro dejó de funcionar la flota informó a la costera de las Palmas e inmediatamente, según algunos informes se envió un avión de reconocimiento y según el relato de Castaño, a los tres días llegó una lancha con personal de Obras Públicas y guardias civiles desde las Palmas. Quedaron horrorizados al ver la sangre en el aljibe, el faro desierto y saqueado. Los buzos inspeccionaron el aljibe. Ningún cadáver. Pero la sangre reseca no dejaba lugar a dudas. El personal del faro había sido asesinado por bandidos. Se comunicó a las familias la situación y se les dio por desaparecidos. Se hicieron funerales en Coruña, Pontevedra, Zaragoza y Las Palmas.


A los seis meses de cautiverio, la situación comenzó a cambiar. La Legión, que se había retirado en un primer momento, tras sufrir bastantes bajas, y los paracaidistas que se formaron para la ocasión habían tomado posiciones en el territorio, causando numerosas bajas al llamado Ejercito de Liberación del Sahara y a la población civil (según se dijo). El coronel que ahora dirigía el improvisado campo de prisioneros accedió a que se reuniesen los matrimonios y a hacer llegar a la Cruz Roja internacional cartas de los prisioneros a sus familias. La Cruz Roja no podía negociar un intercambio de prisioneros, pues al parecer el Gobierno español no reconocía la beligerancia del supuesto frente de liberación, tampoco que hubiese "desórdenes en las provincias africanas" y mucho menos que existiesen prisioneros en manos de "sublevados o bandidos".
Esta situación duró año y medio. Un día fueron entregados al Ejercito regular que los llevó a la frontera de Ceuta, donde fueron entregados a las Autoridades españolas.
-Nada más llegar, sin informarnos de nada, fuimos interrogados repetidas veces y en varios sitios por el Servicio de Información Militar. Su único interés era si los militares se habían comportado dignamente o si habían confraternizado con los marroquíes.


Antonio Castaño Lamela ocupó plaza de Suplente en la Jefatura de Costas de Coruña, donde llevaba la Pagaduría cuando no nos sustituía a uno de baja o vacaciones, hasta su jubilación. Era un Técnico competente y un excelente compañero. Lola su señora, es tan inteligente y lúcida como la recordaba. He intentado localizar a su compañero Juan Carlos y no lo he conseguido.

Es posible que exista en el relato alguna inexactitud, son recuerdos de una historia contada. Si alguien puede corregir algo lo agradezco. Hasta el relato de Antonio, poco había oído hablar de esa guerra y la mayor parte de los españoles nada. La guerra de Sidi- Ifni nunca existió.





Dedico estas lineas a la memoria de mi compañero Antonio Castaño Lamela y a su familia.