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sábado, 21 de marzo de 2009

MARINA MERCANTE. TELEGRAFISTAS I.










Ser telegrafista imprime carácter, como el sacerdocio. Estos hablaban en latín, los telegrafistas lo hacíamos en Morse. Los dos están desapareciendo: Los curas por falta de vocaciones y la implantación de la enseñanza gratuita y los telegrafistas de los barcos por la evolución tecnológica.

En los barcos decían que estábamos zumbados, yo no lo creo. Disponíamos de más información que la media y trabajábamos solos, generalmente. En los barcos españoles de mi época no se trabajaba en puerto. Hacías turismo, aprendías idiomas... Eran unos barcos bastante chatarra, salvo excepciones. Les decían Candrays. Los equipos de la Radio eran chatarra de válvulas de la II Guerra mundial, que dos empresas los convertían en equipos marinos de uso civil. Gracias a eso podías aprender a repararlos sin demasiados problemas: todo era visible.

Yo estudié lo de Radio de la Mercante gracias a uno que mentía más que hablaba. Estaba en casa de un amigo, su hermano que había estado en el seminario se presentó con un uniforme muy chulo y pregunté: Eres...?

- Soy Oficial de la Marina mercante.

-¿Viajas en barco?

- Acabo de llegar de Brasil.

Empezó a contar historias y no paró. Llegué a casa y les dije a mis padres que ya sabía que quería ser de mayor. Mi padre me dijo que iba a ser un gilipollas. Como mucho, un gilipollas con galones.

Tuve que buscarme la vida y con una beca de la Sección Naval de Juventudes, empecé lo de Radio dos años más tarde de aquella conversación. Aquel internado de Valencia, con exámenes en la Escuela de Náutica de Barcelona no cumplía mis expectativas de libertad y conocimiento, así que me matriculé al año siguiente en la Coruña. En los veranos aprendí un poco de Inglés con un curso de la BBC que se llamaba "Calling all beginners" y luego otro "Getting on in English". Todavía recuerdo párrafos enteros de algunas lecciones. Con este bagaje me puse a dar clases de inglés. Completaba mis ingresos con unos cuadros horrorosos hechos de piezas de relojería que vendía milagrosamente.


Durante las vacaciones de la Escuela me enrolaba de marinero, el primer año en un pesquero, el "Chiquita II" de la Isla de Arosa. Luego fui en un mercante "Monte Amboto". Eso fue en 1968. El barco tenía 40 años. Allí fue donde concebí la idea equivocada de que se puede andar por el mundo sin puta idea y no te pasa nada.


Al barco le había entrado corrosión. Decía el Capitán Morales que en el astillero se habían olvidado de ponerle zinc para evitar la acción galvánica. Cuando tenía una vía de agua le hacíamos una "encajonada" con cemento rápido. Naturalmente, años más tarde, el barco acabó siendo cementero entre Alicante y Argelia. Fui aprobando todas las asignaturas y terminé mis estudios en Junio de 1971. En 1973, volví al "Monte Amboto" como Radiotelegrafista, con la misma tripulación. Fue la época en que decidí convertir a los mulsulmanes al alcoholismo y me puse a contrabandear "Ricard" entre Alicante y Argelia. Cada viaje llevaba dos cajas de Ricard. Mi socio era un cocinero ex-legionario. No cambiaron de religión, pero conocí en el trapicheo gente muy interesante.


En Gazhauet, el antiguo Port Etienne, ofrecí mi mercancía en el antiguo casino francés, un tipo malencarado me dijo que estaba interesado, pero tenía yo que sacarla del puerto. Había un centinela con fusil que paseaba por el muelle junto al barco, el único en puerto. Saqué mis dos cajas hasta unas redes que estaban próximas a la valla. María L. mi esposa de dieciocho años me avisaba en la noche de los movimientos del centinela. Estaba aterrorizada. El cocinero me ayudó a pasar las cajas desde las redes a la valla. Él por la parte de fuera.


Fuimos los tres a entregar el "Ricard" y cuando nos pagaron nos invitaron a tomar una copa. El aspecto de los compradores era disuasivo, pero aceptamos. Nos invitaron a subir en un coche renqueante y despues de un corto viaje, lo metieron en un garaje igual de destartalado. Nuestro miedo aumentó notablemente cuando de otro vehículo bajaron otros cuatro conversos.


El cocinero y yo nos mirábamos dispuestos a vender caras nuestras vidas. Bajamos del coche y sin decir una palabra buscamos cualquier cosa que pudiese ser un arma. Un cuadro de herramientas mostraba los perfiles pintados, pero sin herramientas. El chofer dijo:


-Señores: esto que parece un taller, en realidad es un cabaré. De día taller por la noche cabaré.


Nos tranquilizamos cuando vimos que tratándonos amablemente, nos preguntaban por cosas de España, que uno tenía un primo en Madrid, que su tía era española de Orán... que posibilidades había de mandar a sus hijos a estudiar...

Cuando volvimos al barco vimos al Capitán Morales en cubierta, al vernos llegar se metió hacia su camarote. A la mañana siguiente medio muerto risa en los ojos, pero con semblante serio me dijo:

-Jose, hay cosas que un oficial del barco no puede hacer...

Dejamos el contrabando y nuestra labor proselitista dió cien pesetas de beneficios para cada uno.


Todo eso, y mucho más, se lo debo al tipo del uniforme, que tardó muchos años en ser Maquinista y que no estoy seguro de que hubiese estado en Brasil en ningún carnaval. La única mulata exhuberante posiblemente la vio aquí treinta años más tarde.
El impresentable que suscribe en la Estación Radio durante el año 1972 en que estuvo enrolado en el "Sierra Jara". Conseguíamos contactar con Aranjuez Radio con 200 watios. (de noche) desde el Amazonas.

Sobre la vida y funciones de los telegrafistas en tiempos pasados ver: https://www.gupostseguro.com/fitbak/es/urbanos/telegrafistas/radio.asp