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viernes, 27 de marzo de 2009

MARINA MERCANTE. Telegrafistas II.




Madrassa de Trípoli. Foto OKO (de la web).


El vestíbulo está igual, aunque no era tan Superior.
El primer curso que pasé en la Escuela O. N. de Coruña, bebido a mi bispersión, suspendí las Prácticas de procedimientos de Radio (Morse) y Electrónica. Mis ventas de cuadros de piezas de relojería habían disminuido hasta cero. Empezaba a imponerse el buen gusto. Así que me fui con mi Libreta de Navegación y mi único enrole como marinero del M/P "Chiquita Segundo" a pedir embarque en una de las muchas consignatarias que por entonces había en Coruña. Me dijeron que tenía que embarcar en Alicante tres días más tarde. Tenía dinero para el billete, pero debía dejar sin pagar la pensión. La Señora María y el Señor Andrés naturales de Oza de los Rios lo comprendieron. No quería pedirle a mi padre después de nuestra última discusión.
Llegué a Alicante medio muerto de hambre y el "Monte Amboto" no había llegado. Decidí esperarlo en la playa. Una columna de humo negro apareció con el amanecer. Aún tardó tres horas en atracar. Pensé que debería pasarme un día más sin comer. Toda la tripulación se desembarcaba. Otros cinco pipiolos como yo esperaban en el muelle. Marineros: uno de los Chubascos de Muros, Patrón de Litoral recién aprobado, un Sampedro de Ribeira que había sido albañil, Mozo de cubierta un Juan de Sevilla, cuarentón y poeta, experiencia cero, un Señorans de A Esclavitud, marmitón. El contramaestre era un cuarentón guaperas con problemas siquiátricos, que lo habían mantenido encerrado en el pasado. Pedí un anticipo explicándole la situación al Capitán Morales, que dijo: "Empiezas bien". Con las dos mil pesetas que me adelantó le puse un giro a la señora María para pagar la habitación pendiente y me fui a comer a un restaurante caro, donde temí que no me sirviesen por mis dieciocho años y mi aspecto de viajero perdido. Al llegar al barco me pusieron a cargar provisiones, como ya había comido no pasó nada. Las bodegas eran de cuarteles, unos maderos que cubrían el espacio entre vigas de acero llamadas galeotas y luego se tapaban estos con un encerado de lona, unas barras de hierro y unas cuñas trincaban la lona para que no volase a la menor. Hubo que abrirlas pues al día siguiente se cargaba cemento para Las Palmas de Gran Canaria. Los cuarteles debían pesar veinte o treinta quilos y se movían entre dos marineros estibándolos junto a la regala. Las galeotas se estibaban en cubierta y se caminaba sobre ellas. Mover los cuarteles caminado sobre los ocho metros de puntal de la bodega sobre las galeotas era un trabajo de funambulista, Seguridad e Higiene hoy habrían precintado el barco. Pantalones cortos, torso desnudo, el contramaestre cuchillo al cinto...
Me habían regalado las obras completas de Pierre Loti, que por entonces era mi libro de cabecera. Quería ser un marino de aquellos. Ya se sabe, entrar en un harén en Oriente, acostarse con la hija de un rico mercader...
Como el barco había llevado pasaje en sus años mozos, había camarotes de sobra y los marineros teníamos camarotes individuales. La masturbación era un acto privado.
Los marineros en la mar hacíamos dos horas de timón y descansábamos cuatro, se hacían otras dos horas extras de picar, miniar y pintar, coser cabos y estachas y otros mantenimientos, como barrer bodegas. Los días de entrada y salida de puerto se trabajaban doce o catorce horas. Era el verano del 69 y yo ganaba 13.000 pesetas con más de cien horas extras al mes. El telegrafista se llamaba Miguel Rubio, era valenciano y me dejaba recibir partes meteorológicos en Morse o las llamadas en la frecuencia de escucha (500kc/s), que me sirvió para hacer oido. Fuera de horas de trabajo.


Mi amigo Señorans, marmitón a bordo del Monte Amboto, cuyo miembro causaba admiración internacional. Un comité de científicos intenta localizarle sin éxito desde hace treinta años.



Enseguida me hice amigo de Manuel el marmitón, que era una especie de ayudante de cocina, que hacía todo aquello que no le apetecía al cocinero, un mariquita muy fino con golpes muy buenos, muchos días incluso la comida. Manuel tenía un año menos que yo y era muy divertido, además de hacer un pan cojonudo. El tamaño de su miembro en seguida se hizo famoso en el barco. En las Palmas toda la marinería nos fuimos de putas. Tres de los distinguidos clientes nos quedamos haciendo unas "consumiciones" en la barra. La dama entrada en años que había subido con Manoliño bajó antes que él. En mi medio trompa me preocupé y me acerqué al grupo de señoras que rodeaban a la recién llegada.
-Cojones con el niño, menuda tranca se gasta el hijoputa. Ma dejao reventá.
Se lo conté a mis congéneres y recibimos con aplausos al Miembro de la Dotación.



Puerta de España en Bayona. Foto Jacques Managau. No parece, pero el lugar es el mismo de la foto de Instamatic.

De las Palmas fuimos a Safí en Marruecos donde cargamos fosfato para Bayona en Francia. Allí en la margen derecha del río que conforma el puerto existe una fortaleza. Sobre su puerta hay un cartel que reza S.M. Carolus III Rex Hispaniae D.G. fecit... y el año que no me acuerdo. Me hizo pensar sobre la temporalidad de las patrias. En Bayona cargamos azufre para Trípoli en el Líbano. Me puse muy contento cuando lo supe. Mismamente como P. Loti.
Durante el viaje le hablé a Manuel de Lotí, de la danza del vientre, los siete velos. Había que ir a verlo.
El primer día libre que tuvimos en puerto mi amigo y yo salimos. Fuí a buscarle a su camarote, estaba acomodando la tranca en los pantalones muy entallados y con campana abajo que se llevaban entonces.
-Me cajo en Dios, isto é un defeto.
-Cortala y rífala, seguro que te la compra el cocinero.
Salió riendo con su tercera pierna embutida en la derecha.

Tomamos un taxi y le dije que queríamos ver la danza del vientre y eso...
-Ah, queréis ir a un cabaré.
-Si, con danza del vientre.

Fuimos al bendito cabaré donde nos rodearon damas a cuya madurez ya estábamos acostumbrados. Música conocida sonaba en la gramola de monedas: ¡"Mi carro" de Manolo Escobar!!!.
Las señoras nos hicieron grandes fiestas cuando les dije que éramos espagnols. Ellas también, todas españolas. Nos invitaron a todo y nos presentaron a su único cliente: un ingeniero libanés que había estudiado en Méjico. Digo yo que iría por allí por practicar el idioma.
Después de un tiempo de conversación...
-Hijo mío, ¿cuantos años tienes?
-Diecisiete, señor. Contestó mi amigo.
-Tengo un hijo de diecisiete y me daría mucha pena (vergüenza) encontrarle aquí.
-A mi también me daría pena encontrar aquí a mi padre.

En fín, salimos con unas copas pero sin danza del vientre.

Volvimos en lastre a Ceuta, con el tiempo justo de matricularme en las asignaturas que me faltaban. Pero aquel viaje fue para mi una experiencia inolvidable. Agradezco hoy al Capitán y los oficiales del barco la paciencia que tenían con mi ignorancia y petulancia juvenil. Eran de la escuela de: "cortando cojones se aprende a capar".
El marinero J.A. Mera con el Monte Amboto al fondo. Tal vez en Ceuta. Agosto 1970.