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martes, 30 de agosto de 2011

Adiós socialismo, a Dios.



Mi generación fue educada en bases ideológicas como: España es una unidad de destino en lo universal. Para ser buen cristiano hay que obedecer a los padres y a los superiores. Solo Dios es el dueño de nuestras vidas. La Patria se merece cualquier sacrificio. La Patria es nuestra madre.
La religión y el poder intentaban instalarse en nuestas mentes y en nuestro discurso. No hace mucho tiempo oía a un mulsulmán desheredado de la fortuna decir exactamente lo mismo que la escuela y la Iglesia fascistas nos metieron a los de pura raza española. Orgulloso de su fé y sus costumbres insistía en llevarme al camino recto. Casi analfabeto, no podía entender que un buen tipo como yo no abrazase su fe y con ella mi salvación. Pero mi generación fue rebelde, la teoría marxista de la Historia, la liberación sexual de Wilhelm Reich y el sicoanális de Freud nos lavaron el cerebro del lavado previo y fuimos combativos. Tratamos además de ser coherentes.
Ayer mi adorado Pazó miraba con arrobo su mano, que tuvo que estrechar la de uno que tocó al Papa. Empezamos a desbarrar sobre las caulidades paranormales de la mano que indirectamente tocó la que tocó la del Papa. También he comido con uno que dice que comió con Obama. Es casi como si yo comiese con Obama.
A nuestro Gobierno le pasa un poco esto. Su abandono de las posturas socialistas, su abrazo a valores morales como Santander, BBVA, ACS, Dragados y otros, es como si sus miembros participasen directamente de la reconocida sabiduría de nuestros empresarios. Lo que ya no parece tan normal es que sometan a la población a una imposición tributaria medieval para incrementar los beneficios de estos benefactores de la Humanidad sin que medie lucro personal. Mientras, nuestros hijos envejecen con contratos de prácticas, interinajes y temporalidades, nosotros envejecemos en la improductividad de sus designios, nos arruinan cuando firmamos un contrato de compraventa, cuando declaramos alquileres, cuando reparamos una propiedad. Los únicos beneficiarios de este sistema son los incompetentes, los chorizos y los indolentes. Se atreven a decirnos que besemos la mano que rasca las espaldas de los poderosos y los votemos. Que perpetuemos sus conceptos y sus sistemas perpetuando su presencia. Lo mejor que podrían hacer sería un patriótico y organizado suicidio colectivo de izquierda a derecha. Con renuncia previa a los derechos pasivos, no vaya a ser que sus herederos también cobren pensión vitalicia.

viernes, 25 de enero de 2008

1951.

Fue un buen año para nacer, si se mira a los años anteriores. Los que habían sufrido, ¿o gozado?, el dolor de la guerra civil, habían emigrado, salieran de los campos de concentración, se reintegraban a la vida normal, que no civil. Los nacidos en ese año no participamos en la guerra, ni sufrimos tan duramente sus consecuencias como los nacidos en la década anterior. No padecimos con tanta intensidad el síndrome de Estocolmo de los residentes en dictaduras, ni despreciamos la libertad como hacen los nacieron en ella. Nuestros desequilibrios no son políticos, ni sicológicos, se diría que son afectivos y estéticos. Personalmente me duele no estar nunca a la moda.
Cuando era niño las familias de éxito, eran gentes de traje, que no practicaban ni en sueños ninguna actividad manual, vestían con trajes limpios, zapatos embetunados, camisas almidonadas y casta mirada las señoras y arrogante apostura los caballeros, los niños eran pulcros, gorditos y bien peinados.
Nosotros éramos al revés, camisas embetunadas, zapatos almidonados, y la ropa era un desastre, no había diferencia en la mirada ni en la apostura; éramos tan pobres que ni teníamos cámara de retratar. Un retrato de diario sería un tratado de malas costumbres.
Seguí al revés: cuando era mozuelo y conseguí ser un poco aseado vino la moda hippy. Y claro, con lo que me había costado tener el buen aspecto de la época anterior me resistía a dejarlo.
Mis compañeros de estudios salían con unos pantalones remendados que valían una pasta y yo seguía de traje impecable. Con sus hermanas no me comía nada, pero a sus madres les encantaba. Siempre les decían a sus hijos que deberían ir como yo. Con lo cual era excluido de los conciliábulos musicales y políticos. Sienta fatal que los padres pongamos a otros como ejemplo a nuestros hijos.
Lamentablemente mi formación musical era nula y poco podía aprovechar de aquellas sesiones de guitarra. Era tan malo que ni siquiera me admitieron en el coro del Instituto. En cambio era atleta, con una resistencia notable. Sin laureles, pues nunca fui de los tres primeros, era de los siete primeros. También era optimísta, y los que estaban a la moda estaban siempre con "depre" y su aspecto era consecuente, brazos delgados, cuerpo muy delgado con ropa ajustada que quedaba solo floja hacia los pies con los pantalones "acampanados". Seguía desfasado.
Más tarde, ya en la treintena, aún seguía marxista y todo el mundo era "yupy", que era como ser un indocumentado con tarjeta de visita que ponía "técnico de...", con una cuenta corriente asombrosa para su edad, coches potentes y compitiendo por todo. Yo era diferente: olvidaron poner mi puesto de trabajo en la relación de la Plantilla del Ministerio y me enteré cuatro años mas tarde, cuando poco podía hacer. Mi vehículos creo que ya salían chatarra de fábrica, y todo así.
Ahora están de moda los atléticos, gente trabajadora y de formación sólida. Hablan bien varios idiomas y vestir a la última empieza a ser considerado hortera. No puedo beneficiarme del éxito social que esta sintonía me podría reportar. Soy tan viejo que el éxito social me importa ...nada, ya no soy atlético por redondez, uso ropa que un alma caritativa me proporciona y también me da igual. Me siguen gustando las mujeres que llevan un cinco en las decenas de su fecha de nacimiento. Y mis amigos me aceptan de buen grado en sus conciliábulos: 1º Porque sus mamás se han muerto. 2º Porque dicen que soy divertido (sospecho que es debido a que apenas tengo tiempo para estar con ellos y hace mucho que no lo intento con la flauta o la guitarra) 3º Tienen mala conciencia por mis carencias musicales. (El director del coro aún vive, pero no se acuerda).
Uno del Instituto que me encanta saludar es Zacarías Castro, nos encontramos cada diez años, en una de sus exposiciones, en un café, o a las tres de la mañana paseando el precioso casco viejo de Pontevedra, un lunes de invierno mientras llueve.
No nos parecemos nada pero tenemos un sentido del humor concordante. Cuando dejé de navegar en la mercante nos encontramos en el Savoy, le pregunté si seguía dedicándose a la pintura y demás artes gráficas:
- Si, pero no se lo digas a mi mamá..., ella cree que trabajo de pianista en un cabaré.
O una noche extasiado con el casco viejo le digo: ¡Que bonito es nuestro pueblo, Zaca!
Joder! Porque tú no vives aquí... Llevo veinte años haciéndome el loco y no hay manera...
Agora Zacarías está en Galego, pero tiña mais coña en castelán, estaba mais acostumado.