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jueves, 7 de febrero de 2008

LA BARBERÍA

Hoy fuí a la barbería, a que me ponga guapo la hija de un compañero de escuela primaria. Es una joven inteligente y atractiva, aunque para mi gusto demasiado metida en la vida pueblerina, cotilla y ñoña que este pueblo nuestro nos depara. Desde hace unos años los barberos le pegan un tijerazo a una ceja que busca el infinito, o a un pelo de la oreja que desciende buscando en vano amarrar el globo de gas innoble que tengo por cabeza a tierra firme. Mis pelos como las raices tardías de un tocón viejo, salen fuertes pero fuera de lugar. Mi cabeza de pedo se desparramó mientras intervenía sin ser llamado en la conversación de los rapables e hice el descubrimiento del milenio:
SOY UN ÁRBOL.
Soy como esos guardiaciviles, que descubren que son una mujer prisionera en el Cuerpo. En realidad soy un árbol con apariencia de señor que va a La Barbería. Aún no he llegado a la transformación necesaria para para ir al Jardinero. Tampoco encuentro el valor necesario para hacerme unos implantes de rama y hojas de silicona y plantarme en un bosque abandonando mi entorno humano y acabar con esta farsa de una puta vez.
Desecho de inmediato la idea que quedarme en un parque, donde teoricamente podría estar mejor atendido, pero me parece ridículo que mis hijos lleven a los hijos al parque diciendole, vamos a ver al abuelo, toma esa bolsa de plástico y quitale esa cagarruta, desde luego la gente es guarra.... O que venga el perro tonto del vecino y me eche una meada y yo sin poder largarle una patada.
Está claro desde el punto de vista biológico que cada vez soy más árbol. Las otrora fuertes hojas de mi copa, caen lenta e inexorablemente, enguarrando mi entorno. Mis ramas van acercandose paulatinamente al suelo, buscando la medida del bastón que será la última estaca que retrase mi caida sobre el humus de millones de hojas secas en el que pasados cuatro o cinco inviernos mi tronco se camuflará formando un todo.
La flora de mi plantación y de muchas cosechas, o tienen amantes o buscan desesperadamente otro árbol, generalmente más joven, con quien intercambiar polen y fluidos. Como mi amigo el naranjo, que el año antes de morir, se llenó de flores y hojas, nunca se le ocurrió ponerse un peluquín, pero sus hijos antaño gruesos y jugosos, salieron en esa última cosecha, resecos, menudos y llenos de gruesas pepitas. Los últimos años no lo podé, yo creía que era por pereza o falta de tiempo, pero he descubierto que era por respeto.
Hoy voy a utilizar el procesador de texto para hacer un cartel, antes de que mi metamorfosis avance y deje de hablar y escribir, lo pondré en castellano e inglés o solo en inglés, que todo el mundo lo entiende:
Peluquería: Solo cortar el pelo del Craneo. Jardinería: Respete las ramas que no le molesten el paso. Clínica: No me estire, ni me alargue nada ni me ponga prótesis. Carpintería: Por favor dejenme bien cepillado