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miércoles, 20 de febrero de 2008

PEDRADAS.YURI GAGARIN.

Entre los pilluelos que pastoreábamos el monte había un deporte estupendo. Era lo de esquivar pedradas. Dos tiradores tiraban piedras, pudiendo ponerse de acuerdo en la dirección y distancia del lanzamiento, el apedreado esquivaba las pedradas hasta tocar a uno de los tiradores. Era un magnífico ejercicio de reflejos y sangre fría. Todos los participantes tenemos alguna cicatriz, pero ninguno quedó tuerto. Las chicas pastoras, eran solo dos, podían tirar sin ser blanco, que era el tirador que era tocado por el blanco anterior. No vestíamos harapos, pero muchos pantalones y camisas eran adaptaciones remendadas de hermanos mayores o de padres, susceptibles de volver a casa en harapos. A veces se recibían fardos de ropa de algún emigrante en Argentina que eran distribuidos entre el personal según su medida. Se puede facilmente imaginar el colorido de nuestras batallas.
Una de las receptoras de los fardos era mi bisabuela Doña Benita Amil, que vivía en una casa próxima a la de mis padres. Cuando era niña, hacia 1870, emigró a Buenos Aires, allí se casó con mi bisabuelo. Regresaron poco después de casarse, crió en Silleda (Pontevedra ) cinco pontevedrianos, y acabó sus dias sin reconocer a los suyos con 98 años. Cuando empezó su demencia hablaba solo en su castellano porteño y a mi me encantaba. Cuando yo tenía unos cuatro o cinco años la abuela me encontró en el camino que unía nuestras casas.
-Pero criaturita de Dios, hay madres que no tienen corazón, abandonar así a un niño tan pequeño y tan bonito. Vamos hijito que te daré cobijo y siempre tendrás un trozo de pan.
Me llevó a su casa y me metió en una cesta y me abrigó con muchos trapos de los fardos de ropa americana (era verano) y yo la observaba encantado de sus atenciones y cuando estaba a punto de darme un mendrugo de pan llegó mi madre, su nieta, alteradísima de buscarme, ¡ay! Gracias a dios-...
-Mirá que criatura han abandonado, hay que ver, hay madres que no tienen corazón...
Mi madre furiosa me tomó de un brazo y me dio unos fuertes azotes: Que-no-puedes-salir-de casa. La abuela buscó en un banquito un zueco, que eran unas botas con suela de madera que se usaron hasta hace diez o doce años y le arreó un zuecazo en la nuca a mi madre, que al estar agachada zurrándome, la tenía a la altura óptima. Cayó redonda. Ahí fue cuando descubrí que los padres son abatibles.
Este "flash back" explica por que me hice mayor tan de prisa. Estuve con las vacas después salir de la escuela hasta los doce años y estaba bien pues tenía tiempo para la ensoñación, que aparte de la adrenalina de las pedradas, los canalillos de las mujeres y todo lo relacionado con el agua, era mi droga favorita.
LA HISTORIA DE YURI GAGARIN.
Había escuchado en la radio que los rusos habían mandado al espacio primero una perrita: Laika, y luego un hombre. El Comandante Yuri Gagarín.
Creía que lo de ir al espacio era una cosa larga. No podía concebir que se hiciese un viaje tan largo para volver al día siguiente, era como emigrar a América y volver a los quince días. Eso no era viajar. Me pasaba horas mirando al cielo esperando ver la nave de Gagarín. Si veía una estrella fugaz, me preguntaba si sería la nave del comandante y así meses, debió de ser que no oí en la radio la noticia del regreso.
En la vecindad había una niña rubia, bellisima y en mi ensoñación pensaba si el Comandante tiene una avería y tiene que aterrizar en este monte yo iré a casa recogeré herramienta(teníamos una gubia, un destornillador y unos alicates) y le ayudo a reparar la avería, entonces el me invita a dar una vuelta, como el cohete va muy de prisa, damos la vuelta al mundo y le diré que aterrice en el campo que hay frente a la casa de la niña rubia. Y no tendré rival.
Mientras las vaquitas se habían ido sigilosamente, se habían comido el campo de maíz tierno del vecino y habían regresado a casa. Estaba buscándolas pero mirando las estrellas a la vez, cuando me encontró mi padre a quien el vecino dio cuenta del desastre, pues vio las vacas al salir, le cobró veinte duros de daños (un tercio de su paga mensual) Me acuerdo aun de sus sabios consejos.
Casi cincuenta años más tarde, encontré hace unos días en la farmacia (me gusta la farmacéutica) a la niña guapísima, es una matrona redondilla y un poco amargada. Le pregunté si sabía quien era Yuri Gagarín, me dijo que no, será alguno de tus amigotes, dijo. Le conté esta historia. Desde entonces, cuando pasa, sonríe.
Libro del día. El amante lesbiano. J.L.Sampedro.