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viernes, 15 de febrero de 2008

LA BODA.

Hace dos días me llamó Héctor, que es mi hijo mayor. Después de hablarme de sus dificultades investigadoras, de los problemas con las publicaciones, como que no quiere la cosa me anunció que se casa. Me dijo que su novia, un encanto que se llama Nathaly, había pedido formalmente su mano, y que él a la vista de la perseverancia había graciosamente aceptado. Detrás se oían enérgicas protestas.
Al preguntarle cuando tenían pensado casarse, contestó que aún no sabían. Donde, un misterio por resolver. Héctor trabaja en Copenhague, su prometida vive y trabaja en Pensilvania, ella dice que en Transilvania.
Mi madre que quiere mucho a su nieto, volvía de dar sus paseos de nuestra casa a casa del herrero, me da el parte de las veces que hizo el recorrido, hablamos en gallego: "hoxe dín trinta voltas hasta a do ferreiro", "Moi ben mamá, batiche-lo record de velocidade, estiveches andando vinte minutos, a seiscentos metros por volta, andiveches dazaoito quilómetros, andas a unha velocidade de cincuenta e catro quilómetros por hora". Le dí la noticia de la boda de su adorado y metiendo sus manos frías en mi cuello me dijo "mira que calientes tengo las manos" y se fué.
Me quedé con la boca abierta y con el convencimiento de que no somos normales. A veces creo que deberíamos trabajar para alguien como Fellini, si es que hay alguien que se atreva.