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jueves, 20 de marzo de 2008

LEOPOLDO MARIA PANERO

Leopoldo M. Panero por Álvaro Delgado. 1996

Como llevo una vida bastante apartada desde que estoy de albañil por cuenta propia, para escribir entretenido tengo que buscar en el recuerdo. Con el riesgo conocido de convertirme en "Suso Palizas".
Cuando preparaba las oposiciones a faros, en 1979, ya era padre de familia, debía la mayor parte de un piso que había comprado un año antes en Arousa y mantenía unas relaciones lo suficientemente malas e inestables con mi familia como para no esperar ayuda. Puse un anuncio en el "Ya": Universitario, buena presencia, hablando gallego y cuatro idiomas más, busca trabajo. Y el teléfono de la casa que compartía con derecho a cocina.
Solo recibí una llamada, aunque no me moví del teléfono durante dos días.
- Mire, es aquí de Casa Franco, el asador de Bravo Murillo, y tenemos un empleo. Presentese a las siete de la tarde, pasado mañana.
Me pagaban treinta mil pesetas y me daban la cena. El asador funcionaba por las noches como bingo. El bingo tenía un servicio de cafetería-restaurante. Mi función era preparar las bebidas, los pepitos de ternera y los bocatas de lomo adobado, controlar los tickets de caja que me daban los camareros y sumar los de cada uno al final de la noche.
Había un "maitre" y cuatro camareros que entraban gritando en la lúgubre cocina donde ejercía mis funciones una retahila de combinados, whiskys, cervezas, llevándose bandejas enormes de cosas que yo preparaba y sumaba mentalmente para que no hubiese desfases. Los dueños me controlaban ocasionalmente.
Lo cual me molestaba bastante pues todo el mundo sabe que nunca fuí honrado.
Una noche un tipo desaliñado entró en la cocina procedente del patio que daba acceso al bingo, dijo buenas noches y mirando a su alrededor comenzó a reir, con una risa contagiosa, al ver al Maitre con su chaqueta roja.
-Hostía, un tipo con una chaqueta roja.
El buen hombre de la chaqueta también comenzó a reir.
- Pues es verdad, nunca hubiese pensado que mi chaqueta acabase siendo roja.
Los camareros que llegaban tambien reían contagiados por la risa del quijotesco, por lo flaco, personaje.
Con lagrimas en los ojos le pregunté en que podía ayudarle. Los dueños también reían en un rincón.

-Véndeme una botella de vino para llevar.
Cogí una botella de Yuntero de la mejor cosecha que ví y se la dí.
-¿Cuanto es?
-Cien pesetas. Me pagó, me dió las gracias y se fué.
Uno de los dueños, el menos listo, vino a decirme como hacía eso, que esa botella no cubría gastos.

-Es una inversión en risa, esta cocina necesita más ambiente. Uno de sus hermanos, le hizo una seña, este se fué y vino él. También me dijo que podría cobrarle un poco más, que esa botella estaba marcada en 300 pesetas en la carta. Es para que vuelva, contesté.
Volvió puntualmente al día siguiente. Entre camarero y camarero le pregunté a que se dedicaba.
 -A tomar por culo, que soy homosexual, y a beber. Risas del personal.
Inmediatamente comenzó a recitar, en provenzal, en francés, en inglés, dándome claves para que mi ignorancia supiese de que se trataba. Era como abrir una enciclopedía con todos los temas interesantes y te quedas colgado pasando de uno a otro. Acababa de salir de un manicomio, dijo del frenopático, creo que de Ciempozuelos o algún lugar muy próximo a Madrid. Vivía en casa de su madre. Cuando le pregunté su nombre me dijo: Leopoldo, Leopoldo María Panero.

Un día vino acompañado de una mujer joven que se sentó en las escaleras de la cocina mientras Leopoldo, atacaba lo atacable, insultándola de vez en cuando y declarando su homosexualidad. Le dije que se calmase o no le daba la botella de vino, que seguía pagando a cien pesetas, aunque debo reconocer que bajé un poco la calidad, sin que pareciese importarle. La chica, me preguntó como me llamaba y de donde era. Al decirle que Pontevedríano me dijo que su chico en París era de Pontevedra, un matemático exiliado que se apellidaba Caramés Casal. Casualmente es de mi familia. Me dijo que se llamaba Alicia.

A los dos días hubo un atentado en Madrid, el FRAP había asesinado a dos policias. Ví entrar a Leopoldo aquella tarde con la cara destrozada, una especie de guardapolvos blanco, carisimo y muy de moda en aquella época, manchado de sangre. Me asusté, se veía que ya le habían curado.
-¿Que te ha pasado, Leopoldo?
-Has de saber, que tu amiguita, Alicia, es una presunta suicida. Fuí a Comisaría a denunciarla, pues el suicidio es un delito y me cogieron entre dos y me han dado, no veas como me han dado.
Fué entonces cuando ví que llevaba una pegatina: Frente Revolucionario Antifascista Patriótico.

A Leopoldo le gustaba insultar a gente peligrosa, fuerte, creo que con el propósito de que le pegasen. Cuando ya mi devoción por él se había apagado, me contaron que en una manifestación prohibida entró Leopoldo desde un callejón a Cuatro Caminos, justo en el momento en que la policía cargaba, se puso a gritar "¡por aquí!¡Por aquí!", los que le habían visto venir de allí lo siguieron, y otros más que vieron la posibilidad de huir. Se encontraron con la calle taponada con "lecheras", como se llamaba entonces a los furgones de transporte de los antidisturbios y más de cincuenta grises de frente, y otra panda detrás, persiguiendolos. Recibieron porrazos a mansalva, incluido Leopoldo, que chillaba desde el suelo: hijoputa, a cada uno que le daba.
Debe ser muy duro ser poeta maldito.